Rascacielos y plantas bajas
- Kapok

- 18 sept 2023
- 4 min de lectura
Actualizado: 19 sept 2023

Yakarta se hunde.
Las nubes espesas de humos tóxicos me dan la bienvenida en la ciudad más contaminada al mundo, primer podio ganado en agosto 2023. Desde el lujo provisorio de un vigesimoctavo de un cinco estrellas, contemplo el sol escondido tras la densa capa de muerte de la actual capital de Indonesia.
‘Estos días tiene lugar el mitin de la ASEAN y, por la ocasión, han cerrado la mina de carbón’, me comenta la Julia, joven embajadora alemana recién llegada en la ciudad. ‘La calidad del aire está bastante buena hoy, adentro de lo que cabe’.
No se pueden abrir las ventanas en Yakarta, en el apartamento con vistas rascacielos el aire condicionado está encendido 24 horas al día con un recordatorio artificial de lo que significa respirar sin mascarilla.
Ya, la cara libre en espacio cerrados, cubierta al aire libre. La vuelta del covid. Y probablemente este aire mate más que un virus.
Jakarta se hunde por el abuso de aguas subterráneas y yo gozo del water.
Por fin un baño para sentarme, leer, pasar el rato y contemplar el papel higiénico con nuevo estupor tecnológico tras un mes de mano izquierda, volver a familiarizarme con la lavadora, redescubrir la alcachofa de la ducha y, en fin, ilusionarme de estar de vuelta en Europa, blancos embajadores (¿de qué?) por doquier.
La nariz de un viejo francés se asoma al lado de la jacuzzi, acompañado por su joven consorte indonesia. ¿Abuso de privilegio o redistribución de la riqueza?

En la isla más poblada del mundo (el tamaño de Grecia, la población de Rusia) hay algún que otro problema que resolver antes del apocalipsis. Cuatro de los ríos más contaminados del planeta se encuentran aquí pero, claramente, la prioridad en Java es otra: la superpoblación.
¿Qué hacer para evitar llegar a los 200 millones de humanos previstos para la próxima década?
Los suaves consejos estatales de limitar a dos hijos/as la progenie se han revelado muy poco efectivos, dado que el promedio sigue rondando el número 5.
Las personas ancianas escasean y las preñadas abundan. ¿Símbolo de decadencia o esperanza? No sé, pero por lo menos, siempre las dejan sentar en el transporte publico.
Una propuesta del gobierno de mover la capital de Yakarta a la isla del Borneo ha sido aceptada y, para el año que viene, ya será realidad.
Por el capricho de un coronel (alguien dice que huele a futuro golpe de estado), toda la administración y la centralidad de Yakarta se verá drásticamente reducida y con ella, se espera, buena parte de la población.
No paro de pensar en el ex-gobernador de la ciudad, el chino Ahok, encarcelado por haber citado el Corán en publico. El video del discurso, editado por un profesor universitario, se ha vuelto viral en su interpretación blasfema, fácilmente reconducibles a pos-verdades de odio e indignación.
El hundimiento de Yakarta.

Caminando sin rumbo en las calles de la capital, me pregunto seriamente si los habitantes de esta exorbitante metrópolis/estado se darán cuenta del supuesto cambio histórico que presupone la muerte del centralismo.
Pero, ni la embajadora ni la pareja indonesia que me hospeda (esta vez a la planta 26) encarnan la cotidianidad de la ciudadanía que vive constantemente en la planta baja, con las ventanas abiertas.
‘Imagina que solo el 10% de la contaminación deriva de la quema de basura’, me informa la embajadora. ‘Todo el resto son la mina y el trafico’.
Pero vamos a ese 10% que, por cuanto pequeño parezca, esconde una enorme historia de olores rancios.
En la localidad periférica de Bantar Gebang, el día día difiere un poco del centro financiero y administrativo de la ciudad. Ya, porque en los alrededores de Bantar Gebang yace una montaña de basura al aire libre (casi 7000 toneladas diarias) que proporciona trabajo para millares de personas cada día.
Entre las enormes grúas que llevan constantemente nueva basura, un ejercito de niños, adultos y ancianos se afanan entre las pilas de desechos rebuscando con palos y mochilas algo que pueda justificarle la jornada laboral.
‘Hace años fueron algunos guiris con oenegés para intentar cambiar algo, pero el cartel de la basura no les permitió hacer nada’, comenta el Ari, con el aire misterioso de quien podría contar más detalles y no se atreve por respeto, miedo o desinterés.

A pesar de todo, echaré de menos la cotidianidad de la vida indonesia y no los aspectos de esa nación violenta y contaminada por el poder, la religión y el plástico.
Echaré de menos las acciones de cada día, la gente, la simpleza del cerrar las puertas con las piedras, relativizar los horarios y tener otra concepción del tiempo (y a veces del espacio).
Echaré de menos las aceras al lado de las calles, las que fueron una vez cemento y ahora asomo de piedras y restos híbridos deformados por la lluvia y el sol.
Echaré de menos también los gorilas de los aparcamientos y los que se ganan la vida parando el trafico para que los buses puedan dar vuelta.
Y antes que estas islas se hundan, espero salvar todo lo valioso en una gran barco de la esperanza. Lo valioso, que no está en los rascacielos ni en las habitaciones cerradas.
Lo valioso en las plantas bajas.



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