ESpiritualidad y facturas
- Kapok

- 18 jul
- 7 min de lectura
La última herencia del sueño

"A pesar de todo, Corviale es fotogénico".
Don Gabriele, treinta años de estancia en el cuarto piso, se hizo dejar aquí por la diócesis casi a contracorriente, un caso y una elección, su vocación – vivir en comunidad – para llevar adelante la misión.
¿A pesar de todo, qué?
Habría una larga lista de 'pesares'. La historia, antes que nada: medio siglo de hormigón armado en la campiña romana, un entramado poco romántico de necesidades, negligencias, abandono y orgullo. Luego el pesar del urbanismo: el impulso utópico hacia una arquitectura popular e inclusiva, siguiendo el espíritu de la época, pensada para una nueva clase desahuciada – los pobres, diría el meritocrático; los inútiles, el sociólogo; esa fuerza de trabajo que, por x razones, no puede ser contratada, condenada a un limbo de subsidios y vacíos legislativos.
El proyecto del Serpentone es todo esto y, al mismo tiempo, nada de todo esto.
"¿Cómo llegaste hasta aquí?", le pregunta J. Rufo, un fotógrafo que visita Corviale por primera vez.
"Buscando", responde Don Gabriele con un fuerte acento toscano. "Recorrimos un poco toda Italia y luego en Roma nos dividimos: yo aquí, otros en Bastoggi y así sucesivamente".

A pesar del hábito, Gabriele no encarna el cliché del cura evangelizador que cabría esperar. Al contrario, parece dejar los rituales y las cuestiones teológicas en segundo plano, dejando hablar en su lugar a la periferia con toda su voz, el centro filosófico de acción de toda actividad comunitaria.
"Los problemas ya estaban bastante avanzados hace treinta años", nos cuenta con un vaso de cola marca blanca en el balcón oeste del fantasmagórico cuarto piso, donde el campo, las ovejas y la llanura interminable parecen desmentir la cercanía de la circunvalación. "La lentitud burocrática en la asignación de las viviendas, las ocupaciones sistemáticas y el deterioro de esta planta, pensada para servicios y comercios que nunca pudieron abrir por irregularidades urbanísticas, convirtieron rápidamente la utopía en estigma".
Estigma del degrado, por ejemplo, para algunos convertido en bandera de identidad marginal, de olvidados, de desaparecidos. A menudo, excrementos frescos de animales domésticos decoran los pasillos, los puentes y los espacios comunes. "Casi como si fuera una especie de manifestación de orgullo", afirma Aldo Feroce, un fotógrafo del lugar que ha vivido todos los cambios del mega-barrio. "Toma, trágate esta mierda", parece ser el mensaje. "Si no ha cambiado nada en cincuenta años, más vale ensuciarlo todo".

Y aquí vuelve la contradicción institucional. Tras décadas de abandono sistemático, donde miles de personas se encontraron aisladas, sin servicios públicos ni autobuses para llegar a la ciudad, últimamente el gobierno ha impulsado proyectos como el "Kilómetro Verde" y "Regenerar Corviale", por un total de más de veinte millones de euros. "La intención es transformarlo y no solo mantenerlo", dijo el alcalde Gualtieri en la inauguración de una nueva plaza en junio de 2025. ¿Recalificar para gentrificar?
"¡Qué obsesión esta de mantener vivo un proyecto de vivienda fracasado!", sentencia el cura con su propia ley del aborto. "¿De qué sirve renovar las ventanas y las terrazas si el hormigón ya está llegando al límite de su existencia física?" Además, el edificio se está vaciando lentamente. De los nueve mil habitantes de los años ochenta a los cuatro mil de hoy. El Nuevo Corviale es un símbolo, más que nada: un Coliseo, una Meca, un monumento histórico y religioso donde la arquitectura se ha quedado, al contrario que la fe. "¿Por qué no abrir oficinas o comercios en su lugar? El proyecto habitacional ha fracasado, es hora de que se den cuenta".

Sin embargo, esta obsesión por mantener vivo un proyecto fallido es solo el síntoma de algo más profundo. El índice de confianza en el Bel Paese está entre los más bajos del mundo. La desconfianza hacia el prójimo y las instituciones se ha convertido aquí en una premisa de partida, en un lente a través del cual mirar todo. El proyecto de Corviale, la triste historia de la aglomeración rápida y descontrolada, unida al abandono sistémico, han alimentado esta desconfianza, que se ha manifestado en la indignación y en el abuso de los espacios públicos. La lógica es simple y despiadada: avasallar si ya te han avasallado. Los balcones y los espacios comunes son privatizados por los propios residentes con puertas, cercas para perros, tendederos y motos, creando nuevas propiedades privadas especiales mediante el uso de la fuerza y la ausencia estatal. Es el fracaso de un pacto, antes que el de un proyecto urbanístico utópico.
En una pared del cuarto piso, junto a un grafiti islamófobo, una cita del arquitecto Alessandro Montenero:
El papel del portero será fundamental porque cuando se está dentro de una comunidad amplia y no en un pequeño núcleo, siempre se necesita un sujeto que custodie los espacios comunes. Es necesario identificarse y reconocerse en el lugar donde se vive. Si no hay esta fuerte identificación, existe el peligro de que surja el deterioro y se genere inseguridad.

En el taller de artistas y artesanos de Corviale, hay más de uno que se identifica con la idiosincrasia del edificio. Es un día cualquiera de fin de curso escolar y el atelier, a las diez de la mañana, es un ir y venir de gente: muchos conocidos pero también algún curioso forastero atraído por el nuevo recinto cultural.
"Nos echaron de la nave para construir la nueva plaza", se queja uno con un atisbo de esperanza.
Para dejar constancia a la posteridad, muchos artistas afiliados trabajan en las escuelas, tratando de explicar el experimento social iniciado en los años setenta aplicando las ideas al arte y viceversa. No en la escuela del edificio, seguro, abierta solo durante dos cursos a principios de los ochenta – uno de los fracasos colosales de la utopía de oficina, la primera señal de alarma de una enfermedad estructural, índice relevante de una claustrofobia casi carcelaria. "Los niños jugaban con cuchillos", dice otro artista, dando a entender con una sonrisa exorcizante la gravedad del asunto. "Y los adultos con drogas". La adicción como trasfondo cultural, la llegada del campamento de chabolas que tantos medios ha atraído, las repetidas promesas políticas y los juegos institucionales – o mejor dicho, parainstitucionales.
Muchos de los primeros residentes eran familias desahuciadas del centro histórico, incapaces de pagar el alquiler. En Corviale deberían haber encontrado una casa y un futuro. En cambio, tuvieron que luchar a diario para obtener lo que debería haber estado garantizado: luces en los pasillos, ascensores que funcionaran, un autobús para llegar a la ciudad, una escuela para sus hijos. En ausencia de cualquier apoyo, de cualquier intento de construir comunidad, se cometió en silencio uno de los tantos "crímenes de paz" que han marcado la historia de la vivienda pública en Italia.

No es de extrañar que el cansancio y la desilusión se hayan abierto paso. Una encuesta de 2025-2026 sobre setenta y cinco núcleos familiares revela que el 49,1% de las familias residentes en Corviale vive por debajo del umbral de pobreza absoluta.
"Estoy harto de periodistas y cámaras ocultas para sensacionalismos baratos como los de Las Hienas [un programa televisivo italiano parecido a Salvados]", nos escupe un trabajador del Comité de Inquilinos, una asociación de residentes que nace para defender los derechos de los habitantes del barrio y representar sus demandas. "Si han venido a hacer reportajes de neocolonialistas, este no es el lugar adecuado".
El estigma pesa sobre estos muros. Desde la leyenda urbana del suicidio del arquitecto hasta la falsa acusación de obstaculizar la brisa del oeste sobre el resto de la ciudad. Corviale lucha cada día entre un profundo sentido de pertenencia y un testimonio no celebrativo de su existencia.
Los grandes espacios abiertos, los anfiteatros y los grandes maceteros para plantas ornamentales, todo es de hormigón pesado, gris y cuadriculado. El nuevo elemento de la esperanza post-68, una tierra diferente, un aire propio por conquistar.
Cada bloque ha pintado los balcones con su propio color, para darles vida e identidad, en una necesidad extrema de contrastar el abandono y la sensación de vertedero humano y material. En este ambiente, las flores encuentran un espacio fundamental para contrastar el gris Ater – la Agencia Territorial para la Vivienda Pública – y la sensación incontrastable de pasear por un enorme no-lugar, una estación hotel o un hotel estación.
Los patios interiores entre los edificios parecen colonizados por años de basura, y los balcones y espacios comunes no se quedan atrás. Imposible no traer a colación aquella curiosa anécdota de los bloques de viviendas de Georgia, donde los inquilinos solían tirar la basura por la ventana porque caía directamente en la caja del camión de la basura. Caída la Unión Soviética y desaparecida la infraestructura de residuos, el gesto sobrevivió al sistema que lo hacía posible.

Una institución que se mantiene en pie después de todos estos años de distanciamiento son, en cambio, los Correos. Más que un simple embajador del más allá, el cartero encarna a otro cicerone fundamental en este laberinto de números, colores y colonias de buzones. Como Don Gabriele, también él es un forastero que ha ascendido al indudable nivel de autóctono (o algo más), manejando el arte de quien podría hacer el recorrido con los ojos vendados y encomendar las cartas a alguien de confianza, que luego las distribuye por el balcón.
Espiritualidad y facturas, la última herencia del sueño.
Como desde un sueño nos aparece una silueta demacrada desde un portal, una excepción que recuerda el estigma y las jeringuillas que tantos quieren olvidar. En realidad, los residentes no distan mucho de la norma de la periferia romana: madres de familia y jóvenes, como en cualquier otro lugar de la capital.
La biblioteca está llena de universitarios y el bar tiene una discreta afluencia para el almuerzo.
"No te creas que son de Corviale", me confirma las sospechas Aldo. "Estos vienen de fuera porque es cómodo llegar y hay aparcamiento. Por desgracia, el abandono escolar aquí sigue siendo altísimo".
En todos los sentidos, Corviale es periferia. Periferia de la ciudad, periferia del barrio, periferia del estado, de los servicios y, claramente, periferia del centro. Centro que ha ignorado repetidamente una de sus tangentes, hija no reconocida de una Roma que la ha abortado y juzgado como culpable.
Corviale es periferia lo quiera o no, sabiendo que en la periferia está el centro de todo interés: el fulcro y el fuego de todo malestar y bienestar, problema y resolución, prueba y error, vida o muerte.



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