La primera casa es sagrada
- Kapok

- 15 abr 2024
- 6 min de lectura

--- Niš, Serbia ---
‘Hace un año me atropellaron en Belgrado y me dejaron medio muerto por el suelo’, anuncia con la énfasis de quien, aun habiendo detallado mil veces la misma historia, sigue indignándose con resignación cada vez que la cuenta.
Marko es una de esas personas que atrae, a su pesar, tragedias y mala suerte.
‘Aunque mi madre tenía nacionalidad croata, no me quieren dar el pasaporte europeo, solo porque estuve luchando en las dos guerras’, acaricia su agua ardiente mañanera, como si pudiera apaciguarle el infierno interior de un pasado que no se borra.
Paradójicamente, su inglés tiene un acento fuertemente norte-americano de películas de vaqueros o, más bien, de catetos, de rednecks. La OTAN quitó Kosovo a la Serbia hace casi 20 años y nadie parece haberlo olvidado. Grafitis, banderas, proclamaciones oficiales, tanto en el campo como en la ciudad, siguen recordando a cada transeúnte que Kosovo es aún Serbia.
‘¿Quieres una napolitana?’, le ofrezco, encantado como siempre ante la amplia elección gastronómica de las panaderías balcánicas.
‘Naaaah, más bien comprame una cerveza’, rechaza gluten solido para gluten liquido.
Marko vive en casa de un “amigo” que murió hace tres meses.
O mejor, Marko ocupa la oficina de un tipo muerto hace tres meses, dios sabe si eran amigos de veras.
El olor del cuarto cerrado es inenarrable: polvo, tabaco y pelos de perros se juntan triunfalmente en una ouverture barroca que me hace envidiar a los que carecen de olfato. La bestia a cuatro patas, unas de esas caras largas resignadas con orejas improbables, no parece haber salido del cuarto en el ultimo lustro.
‘Lo limpio una vez al año’, me confiesa el anfitrión ante mi encuesta interesada. ‘Credo que ahora me tocará’.
Marko tiene casi 50 años y no tiene casa ni trabajo. Marko es un gran monologuista, un cliente en terapia, un borracho centrado en sus problemas. A veces cruzamos gente en la calle que ‘les debe dinero’, la ex-empresa también ‘le debe dinero’ y a menudo en su tiempo libre le echa un cable a unos colegas que tienen bares o restaurantes. Nunca especifica lo que implica ‘echarle un cable’, quizás ayudar en la cocina para un par de agua ardientes o una cajetilla de cigarros.
‘Más bien cómprame una cerveza’, el eco de sus palabras, quizás una de sus razones principales para hospedar viajeros.

--- Kraljevo, Serbia ---
Ana y su hija viven en el limite extremo a Marko.
‘Estoy escuchando la experiencia de una amiga que ha dejado el gluten por fin’, comenta la hija radiante manoseando el móvil, como si estuviera hablando de alguien que ha dejado de pincharse.
‘¿Pero es intolerante?’, le pregunto con obvias razones.
‘No hace falta ser intolerante para dejar practicas no saludables’, contesta la iluminada, sorprendida de mi ignorancia.
Si Marko era todo un ‘sí’ a la vida y a los vicios (y sus relativos problemas), con estas es todo un ‘no’, un ramadan de puro aburrimiento para ganarse el supuesto paraíso.
El pequeño departamento soviet que las hospeda es muy pequeño para sus expectativas, los cuadros hechos con piedras y ramas ocupan una parte importante del salón, rebosan creaciones artísticas, plantas y biblias.
‘Nos encantaría salir de aquí’, me confiesa la madre, mientras practica su hobby principal en las largas tardes de invierno: hace años busca en Facebook anuncios de casas baratas en el campo.
‘Mira, para esta choza piden 15.000 euros. ¡Es todo muy caro por aquí!’
Se excitan (y deprimen) cuando les enseño los precios de la vivienda en la España rural, bastante más asequibles de lo que se hubieran podido imaginar.
La claustrofobia cotidiana de unos 30m2 que ahogan, un rechazo a la pequeña ciudad de provincia y una tensión terapéutica hacia la naturaleza, los bosques, la tierra, dios, las clava impotentes hacia este limbo de puertas cerradas y tierra en las macetas.
‘Los católicos tergiversaron los mandamientos’, empieza la fiel su personal evangelio. ‘En la versión original dictada para el mismo dios, se dictamina que el día sagrado es el sábado y no el domingo’. Deja una pausa, como si este dato pudiera cambiar mi vida para siempre.
‘¿Y?’
Los evangelizadores siempre necesitan escépticos para afinar sus habilidades y pianofortes para cantar laudes desafinadas a su creador.
La sesión musical de las seis es un suplicio. Tonalidades imposibles, letras pomposas de gospel estadounidense y desafinación constante hacen difícil creer que exista un dios que reciba satisfecho estas oraciones.
Pero, como decía Jobim, también los desafinados tienen un corazón.
Aunque me traten con esa arrogancia tan poco respetuosa de alguien que desconoce la “única” Verdad, un infiel más para convertir, igualmente las dos pobres quizás necesitan desesperadamente agarrarse a esa justificación religiosa para luchar contra la claustrofobia de una ilusión demasiado grande para su pequeño departamento soviet.

--- Belgrado, Serbia ---
Desde la novena planta de un nuevo bloque de apartamientos lujosos, Belgrado parece otra ciudad.
La gran capital a la cual todos aspiran y de la cual todos quieren irse.
Katerina vive en el nuevo barrio de moda, café mañanero en el balcón de un alto edificio impersonal, vidrios iluminados que reflejan un mundo paralelo, una cara diferente, un espejo roto.
Katerina viene de San Petersburgo junto con su empresa, tras una llamada telefónica de hace dos años.
‘Nos reubicamos, no sabemos donde. Tienes 15 minutos para confirmar’, le comentaron entonces muy escuetos. Su afirmación casi inmediata la llevó a caja cerrada hasta Serbia, en este horrible departamento vista río y jardines plásticos, ruido de viento constante adentro de los pasillos mal diseñados.
El Belgrade Waterfront es un proyecto de edificios residenciales, oficinas, hoteles, parques y tiendas, llevado adelante por el gigante de Abu Dhabi Eagle Hills, famoso por su baja calidad, el característico mal gusto y la poca transparencia económica.
Balša Božović, el líder de la oposición a la hora de aprobar el proyecto, sostenía que la inversión total habría sido de €300 millones, y no de €3.5 billones como estipulado, acreditando una estafa estratosférica pagada con las ahorros de los contribuyentes.
Parece que el negocio les salió redondo tras la guerra en Ucrania.
‘No aguanto a los rusos’, recita una joven local, cansada de la (enésima) invasión rusa en territorio eslavo. ‘En Serbia siempre tuvimos buena relación con ellos, les respetábamos y de alguna manera los veíamos como unos primos lejanos exitosos’.
Belgrado (así como Tbilisi, Almaty, Tashkent, etc.) hoy en día tiene que responder de algunos de los efectos colaterales del conflicto en Ucrania. Disidentes políticos, jóvenes en fuga de las movilizaciones y empresas reubicándose al extranjero para no morir de sanciones, son algunas de las razones de la nueva diáspora de la juventud rusa.
‘Antes de que vinieran por aquí, no me caían mal, pero hoy ya no los aguantamos’, sigue la pacifica autóctona, ‘se abren sus bares de lujo y nos tratan como si fuéramos sus sirvientes. Incluso nos hablan en ruso a veces, como si tuviéramos que adaptarnos nosotros a ellos y no el revés. Un día una vieja rancia me pidió un descuento en la tienda donde trabajo. ‘Cuando empecéis a hablar nuestro idioma’, le contesté indignada’.
Además del trato social imperialista, la llegada masiva de migrantes (quizás ‘expatriados’ sería más pertinente) con un salario desproporcionado en relación al relativo serbio, ha reanimado la especulación inmobiliaria y la precariedad en tema viviendas. ‘La gente viene a Belgrado porque hay trabajo pero escapa porque no puede pagarse un piso’, la triste realidad de la urbanización limitada a los que se la pueden permitir.
El resto, a nadar en un charco constante de rechazo, echados del campo, echados de la ciudad.

En uno de sus famosos mitines de la pos-verdad, el cavaliere Silvio Berlusconi dictaminaba que ‘la primera casa es sagrada’, quizás una atávica necesidad del ser humano, quizás una excusa filosófica para no pagar impuestos. Jaco, descorriendo sobre el tema, sostiene que no tener ese derecho garantido aumenta la complejidad en la existencia da cada cual. La sumisión deja espacio al vicio, a la adicción. ¿Marko con un techo real se cuidaría más? ¿Las dos mujeres del piso soviet se sentirían más realizadas con un espacio más pertinente a sus necesidades?
¿Y la Katerina, encontrando un piso más popular, contribuiría a la normalización del mercado inmobiliario?
Son las 10.10.
El policía aduanero me devuelve el pasaporte italiano. Un póster en la pared diáfana: Croacia, paz en la Unión Europea.
Nada más claro que eso. La paz interna gracias a las guerras externas.
He vuelto.
¿Casa?


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