Preguntas frecuentes
- Kapok

- 16 feb 2024
- 4 min de lectura

‘Americanski?’
Nada más chapurrear mi ruso de vocabulario, ahí siempre vuelve la pregunta incomoda, un reflejo incondicionado del pasado soviet de Asia Central.
‘Americanski?’
Ya, porque para resolver su conflicto amor-odio con los antiguos enemigos capitalistas, esperan vigorosamente de mi una respuesta afirmativa para confirmar sus dudas con una cara de ‘lo sabía, que listo que soy’.
‘Niet’, le contesto, a veces imprecando contra los Estados Unidos y a veces confundiéndolos con mi interpretación de la América como continente y no como nación.
‘Dollar, dollar’, espetan al aire, como para invocar un dios que nunca contesta. Este el amor pos-1991, nuevas posibilidades, contrabando, poder, corrupción a rienda suelta.
Suena Jingle Bells por las calles de Tashkent, cuarta ciudad de la ex-URSS, mientras una mujer con hiyab intenta vender en la feria unos Papa Noel bailarines. En Uzbekistán, país musulmán e invadido por los soviets en casi todo el siglo XX, se “celebra” una fiesta doblemente ajena, ni propia ni de los antiguos colonizadores.
Un DJ con gorro árabe ameniza la tarde iluminada al neón en el patio de un centro comercial kitsch. Para fomentar la agresividad o la falta de poder, algunos hombres babean al lado de una docena de coches deportivos que hacen rugir el motor. Las mujeres pasean satisfechas con las bolsas de la compra repletas de ropa nueva.
‘Los comunistas no tocaron las mezquitas ni borraron la historia aquí’, me explica un ruso local. ‘Pero los uzbekos destrozaron incluso la infraestructura soviética para empezar otra época (de penurias)’.
En los ‘90, los países de la ex-URSS se encontraron sin otra opción que emprender la debida transición del imperialismo al independentismo. El creciente nacionalismo culpó a los rusos de tanta decadencia económica y social y, casi de un día para otros, los ciudadanos uzbekos de etnia rusa llegaron a representar un obstáculo importante para la naciente identidad nacional.
‘A parte de higiene, medicina, educación, vino, orden publico, carreteras, sistemas hídricos y sanidad publica, ¿qué han hecho los romanos para nosotros?’, preguntaban los judíos rebeldes en una película de Monty Phyton.
¿Es tan importante remarcar una identidad propria invocando una vuelta al ‘glorioso’ pasado, con todo lo que eso implique? ¿Hace falta volver atrás para ir adelante?
‘Es una mierda, para alguien con mentalidad europea, vivir en una cultura islámica’, confiesa Artyom, un fotógrafo ruso asentado hace más de un siglo en Tashkent. ‘Son obtusos, medievales y patriotas. Ya, el patriotismo es lo que más me toca, sin duda’.

En los últimos años, en la mayoría de las ex-repúblicas soviéticas, se puede apreciar un viraje inusualmente conversador en la religión musulmana de estos lares, sin duda otro factor clave a la hora de fomentar una identidad política y nacional más solida.
‘Aquí en Kazajistán están apareciendo siempre más chicas (e incluso niñas) con hijab’, me comenta Telman, un joven traductor de la estepa. ‘Algún estado islámico radical financia las influencers para que empiecen a utilizarlo, y ahora cubrirse la cabeza ha vuelto a ser fashion entre la nueva generaciòn’.
Aziza, joven uzbeka, difiere un poco sobre el tema. ‘Son todas putas’, escupe de una manera bastante menos delicada y poco abierta al dialogo. ‘Luego se van a las discotecas y follan con todos’.
La familia de Aziza es la típica representación del Islam de Asia Central, bastante más abierto y liberal de lo que solemos imaginar. La mayoría de la escasa población kazako-uzbeko-kirguiza toma alcohol y no se hace problemas con la carne de cerdo, reinterpretando a su manera las prohibiciones y las palabras del Corán.
Lo que sí, no hay musulmán que no respete a los muertos. Cada vez que pasamos al lado de un cementerio, todas los pasajeros del coche (incluido el chofer) tienen que rendir homenaje a los antepasados, hundiendo la cara en sus manos, como forma de respeto y agradecimiento.
Lo que sí, cada vez que hunden la cara en sus manos, me sale el instinto de agarrar el volante para evitar el choque fatal que nos llevará directamente al cementerio. Costumbre que aún no consigo integrar.

Suenan los Backstreet Boys en una vulgar playlist navideña en la cocina abarrotada de ensaladas contundentes para el año nuevo. A menudo la tele se sintoniza con canales rusos de telenovelas o tertulias digna de los peores años de Mediaset.
Admito que a veces me siento adentro de una tertulia barata.
‘¿De dónde eres?’, ‘¿Tienes mujer?’, ‘¿Hijos?’
El tercer grado para romper el hielo siempre respeta el mismo orden. Responder ‘No’ a la pregunta ‘Mujer’, lleva inevitablemente a la pregunta ‘¿Eres gay?’. Responder ‘No’ a la pregunta ‘Hijos’, lleva a ‘¿Cuántos años tienes?’, un intento in extremis para averiguar si aún estas a tiempo para convertirte un ser humano digno y respetable. Como respuesta a mis sonados ‘33’, alguien hace un sonido bizarro con la lengua como para decir, ‘muy mal, a este se le ha pasado el arroz’.
Cruzo unos campos estériles para llegar a un destino, una nueva casa, un nuevo objetivo. Antes de cruzar el río, diviso a lo lejos un caballo que se acerca siempre más rápido, un pequeño jinete maniobrando hacia mi.
Es un niño de 8-9 años con un gorrito y mucha curiosidad.
Cuando ya estamos bastante cerca para empezar una conversación, detiene la corsa del caballo y me pregunta tras un íncipit incomprensible en turco cirílico:
‘Americanski?’


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