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Pan blanco

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 29 ago 2023
  • 4 min de lectura



Llevo tres días clandestino en Bellowood, el barrio más alto de Kupang (Indonesia), con un pasaporte sin sello y una intimación ligera: ‘dime donde vas y con quien andas’. Matthew, el mecánico buscavida que se improvisa agente de inmigración me deja ir al mundo, fuera del barco, fuera del salitre y el olor nauseabundo a petróleo estancado y baño cerrado.

Matthew, un chamullero de buen corazón y confianza, conoce a las personas justas adentro del laberinto kafkianos de sellos, pasaportes y permisos, convirtiéndose de hecho en la primera e única figura institucional de este Estado lento y relajado. ‘Todos me conocen aquí, incluso los de la frontera’, se jacta.

‘Tendrás que esperar algunos días para el sello pero, tranqui, puedes darte una vuelta por Kupang aunque seas ilegal. Estás bajo mi responsabilidad’, comenta el mecánico, insinuando que tendré que pagar sus servicios con una birra al bar.

Montado sobre el scooter de mi primer couchsurfer en Indonesia, aprecio el acre olor de los humos tóxicos de pescado podrido y plástico quemado, un ritual ancestral que colora cada atardecer con la esperanza futura de una infraestructura (digna o indigna, da igual) que pueda servir para reciclar algo de basura.

En la casa de Yusuf la familia me acoge como si fuera un enviado del Señor. Una copiosa infancia me rodea en el salón sin sofá, en la cocina sin agua corriente, en el baño sin papel de culo.

Se ríen nerviosos cuando se dan cuenta de mi smartphone destrozado.

Sin caer en criticas imprecisas y eurocentricas, quiero aclarar que tener un smartphone reluciente aquí no refleja en absoluto un bienestar económico ni tampoco agranda un estatus social, sino representa de veras - aunque pueda parecer contradictorio - un bien indispensable, más que una puerta o un lavabo.

‘No tenemos televisión’, se excusan, como si me dijeran ‘no tenemos civilización’. Se alivian cuando le contesto que ya casi nadie (de mi generación) tiene una tele en casa. Intento continuamente rebajar la idea perfecta que tienen de Europa y del Occidente, buscando similitudes en las maneras de interpretar las relaciones sociales, las actitudes y los gustos.

El tomate une al mundo, y un kilo de pasta lleva felicidad y barrigas llenas.




La única manera de ligar, me confiesa Yusuf (‘encontrar la media naranja’, dice él), pasa por la confesión religiosa de pertenencia. No obstante el nombre pueda desorientar, Yusuf es cristiano y, aunque no tenga muchas ganas de trabajar, se profesa calvinista.

‘Sabes, entras en el coro y en las actividades de tu iglesia y vas conociendo gente, con suerte una chica, que claramente tendrá que ser de la misma profesión’.

Para traducirlo a nuestra realidad religiosa, es más o menos como ir cada día al mismo bar.

En las noches de Kupang, las iglesias parecen competir con las mosqueas para adjudicarse, a fuerza de decibelios y cantos sagrados, la hegemonía religiosa en una isla que no refleja para nada los reales porcentajes de la nación toda.

Indonesia es el país musulmán más grande del mundo con sus 270 millones de habitantes (cuarto país del mundo por población) y, según algunas minorías religiosas, no se puede considerar una nación tan abierta a otras profesiones excepto la islámica, con su 86% de fieles.

‘En el DNI tienes que declarar tu fe y, créeme, si no eres musulmán, vas a tener muchos problemas en encontrar trabajo’, me confiesa Fred tras nuestro ritual té nocturno.

‘¿Y si eres ateo?’, le pregunto.

‘Ni te lo pienses’.

Las tres preguntas que todo curioso te hará en Indonesia serán: 1 ¿de donde vienes? 2 ¿estás casado/a? 3 ¿qué religión profesas?’. Al contestar negativamente a la ultima pregunta, escándalo e incomprensión suelen dibujarse en la cara de los interlocutores, como si hubiera afirmado con aplomo que suelo comer niños asados de vez en cuando.




‘No puedes creerlo. El estado de Australia no me permite hacer una transferencia a Mohammed (el nombre real de Matthew) porque están bloqueadas todas las transferencias a personas que se llaman Mohammed’, me confiesa el capitán asombrado de la islamofobia estructural de su país, mientras caminamos libres y sin sello por las calles del centro.

Los vendedores ambulantes se precipitan al lado del blanco australiano, exponiendo con algo de servilismo los artículos disponibles.

‘How much?’, chapurrea Steven, con la pretensión anglofona de ser entendido por doquier.

Sale un vendedor, viene otra, y otra, se hace la cola.

Steven perfila la quintaesencia del asistencialismo australiano, ‘si le damos dinero, tendrán mejores calidad de vida y quizás abran una pequeña empresa algún día’.

‘Saludalas, va, les gustará’, me repite Yusuf, forzándome a estrenar mi indonesio con unas niñas tímidas que (según él) esperan mi saludo.

‘Hace un tiempo fui a Bali para visitar familia y me dijeron que a las europeas les gusta más la piel obscura que la blanca’, me pregunta curioso, como alguien que no está seguro si el oro tiene algún valor en el mercado. ‘¿Es verdad?’




Jimis me contó ayer que en “su” hotel noruego, unas clientes de Dubai han pedido expresamente pan blanco a los de la cocina. Imagínense la sorpresa del catering, cuando tuvieron que proveer pan blanco de malísima calidad en lugar del típico cuanto delicioso pan negro escandinavo.

Mi padre suele decir ‘Quien tiene pan no tiene dientes’, aunque en este caso sería más apropiado decir ‘quien puede tener pan bueno quiere pan malo’

¿Es tan difícil apreciar lo que se tiene y no compararse con el resto? ¿No sería más lógico comer el pan negro si tienes pan negro y comer blanco si tienes blanco?

En Asia (y en Europa hace pocos decenios) la piel oscura suele encarnar la pobreza y la ignorancia del campesinado, obligado a vivir y trabajar a contacto directo con el sol. Para parecerse más similares a los occidentales (síndrome Micheal Jackson), mujeres (y hombres) suelen utilizar cremas para blanquearse la piel que - y como no - tienen claras contraindicaciones, riesgo de cáncer y familia varia.

En la tele y en el cine los que la petan son los semi-blancos, los mezclados o los operados para parecer caucásicos. La vergüenza y los complejos de inferioridad reinan supremos, en el cuerpo, en la imagen, en el estatus social.

Después de siglos de imperialismo occidental, la nueva colonización pasa por Hollywood, las marcas y las redes sociales.

No solo los hemos evangelizados a fuerza, sino que les hemos convencido que, por cuanto se esfuercen, nunca serán dignos de participar a nuestra mesa.

 
 
 

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