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No puedes vivir aquí

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 3 feb 2024
  • 4 min de lectura



‘Quiero ver una serie sobre los policías que te secuestraron esa noche. Quiero ver sus caras y sobre todo como explican a sus familias porque un blanquito occidental con una tienda y una esterilla se encontraba por la noche en un pueblo en medio del desierto chino’.

Jim me hace estallar de risas al figurarme los diálogos y la escenografía estilo sitcom de los supuestos episodios.

En el largo camino por tierra y dedo, cruzando la infinita meseta reseca, me encuentro una noche en una gasolinera oscura pidiendo cobijo.

Los gestores, sorprendidos de mi insólita aparición, llaman inmediatamente la policía, ‘ellos te ayudarán’, comentan los buenos ciudadanos delatores.

‘No puedes vivir aquí’, me traducen las fuerzas del orden nada más llegar. ¿Cómo le comento que no quiero vivir aquí ni en pedo? Que se vayan tranquilos a sus casas...

‘No puedes vivir aquí’, repiten serios.

Al que me percato de los errores interpretativos de la traducción en línea. Probablemente en chino ‘estar’ y ‘vivir’ compartan el mismo carácter, o algo por el estilo.

‘No puedes estar aquí’, me traduzco felizmente. El gobierno central sigue una política restrictiva hacia los extranjeros, limitando la estancia solo a pocos hoteles con licencia de hospedar. Y ni hablar que, en la región donde 'vivo' yo, proliferan muchas zonas militares secretas y altamente prohibidas de las cuales, claramente, no se puede buscar ninguna información en la red.

‘No puedes estar aquí’, tiene ahora un sentido, un agujero en el sistema, un fallo del Matrix. Son las ocho de la tarde, más bien noche, y tú, forastero ilegal, estás viviendo (sí, viviendo) en un pueblo que no te corresponde. No hay hoteles que te puedan hospedar y el más cercano que aloja extranjeros se encuentra a 300 kilómetros.

‘¿Tienes dinero?’

‘No’.

‘¿Y cómo quieres ir ahí?’

‘Ah, no sé, pues, me lo digan ustedes’, le comento con mi cara de chino perdido, sonrisa tonta y calma aparente.

Me invitan a subir a la camioneta para llevarme a la comisaría. El joven chofer con gafas puede presumir del premio para peor conductor del 2023. Este simulacro de Schumacher (otra copia china, ¡que obsesión tienen!) se cree competir en Montecarlo con su sirena puesta para evitar los semáforos y el trafico ausente del pueblo dormido, ostentando el poder de tanto inútil aburrimiento juvenil.

‘¿Quieres un té?’

Bah, porque no. Hace frío. Menos algo. Hiela afuera.

Se juntan los policías para mirar al alienígena, con más curiosidad que juicio moral. Alguno me acerca unos chupa chups, alguien una redbull marca blanca (que escondo en una esquina), otro un bote de comida liofilizada (¿te gusta el pollo?).

Pasan las horas y me pongo a leer cómodo en el cálido salón de la justicia, té y galletitas. Se acerca una joven policía que sorprendentemente habla inglés. Entra triunfante en el ambiente impregnado de tabaco y saca su frase más perentoria como saludo: ‘You can’t live here’.

Otra hora se va para explicarle quien soy, donde voy, que hago y porque no tengo otras posibilidades de 'vivir' aquí, por lo menos para esta noche. Le enseño mi cuadernito con el texto en chino que me ha ahorrado tantas explicaciones en ese idioma incomprensible.

‘¿Puedo hacerle una foto? Es tan mona tu caligrafía!’, me comenta el uniforme femenino.


Le enseño fotos del viaje y le damos a la lengua, charlando como viejos amigos. ¿Esa joven tímida con los dientes hecho polvo me está seduciendo?’

‘Hemos dado un permiso especial para un hotel del pueblo’, me comenta al cabo de tres horas de salón, tés, charlas y una cantidad abismal de cigarrillos ofrecidos. ‘Mañana a las 9 te recogemos y te llevamos al peaje’.

El sueño de cualquier autoestopista: una habitación pagada por la policía y coche personal para ahorrarse esos 50 km mañaneros de tímido sol.

Una vez llegados al peaje, me obligan quedarme adentro de una cabina, ‘aquí estarás calientito, ya te encontramos nosotros un pasaje’.

El camión que acepta la "oferta" de los agentes es de pocas palabras, dios sabe cuanta voluntad propia puso en las ganas de recogerme.

Paso el día cruzando el desierto a 3000 metros de altura y la noche me pilla en otro peaje, tras varios coches y otra patrulla de policía, o más bien un taxi personal.

Nada más llegar, una trabajadora de la autopista se acerca para otra invitación de té y bizcochos adentro de otra cabina con estufa, el patrón se repite...

‘Vamos a cenar’, me empuja tras la enésima explicación de mi vida. ‘Tendrás que tener hambre’.

En el comedor/hotel de los trabajadores me llenan los platos hasta reventar. ‘¿Quieres más?’, preguntan a la primera cucharada. ‘Estas jóvenes quieren comer contigo porque eres muy guapo’.

Se me atraganta el espagueti.

Me siento como en la peli medieval de Monty Phyton, cuando el caballero cansado entra en una casa con mil vírgenes que le tientan lujuriosamente. Que pena que en mi caso todas tengan los dientes destrozados... ¿quizás comen piedras en esa región? Realidad y ficción.

‘¿Quieres ponerte la chaqueta?’, me exhorta la jefa.

‘¿Pasa algo?’

‘Tenemos un camión para ti, va hacia Xinjiang!’.

Aparto el plato vacío y gozo del privilegio.

‘Ah, puedo hacerme una foto contigo antes que te vayas?’, sigue con algo de vergüenza.

Me ofrece un vaso de agua de cocción de los espaguetis y click, el enésimo selfie chino.

‘Este el camión’, señala la escolta que me sigue por todos lados.

‘Nihao’, le hago. Ya nos conocemos.

Es el camionero de la mañana, parado por la segunda vez en un día para que se ofrezca espontáneamente a recoger a un forastero perdido.

El mismo forastero. El mismo camionero.



 
 
 

1 comentario


Invitado
04 feb 2024

Policia que organiza viajes de autostop nunca lo había escuchado XD

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