Me encanta tu vida
- Kapok

- 5 feb 2024
- 3 min de lectura

‘Me encanta tu vida’, reitera el uigur de nombre impronunciable.
El bar nocturno que nos hospeda excede en clichés arabescos, vapores obscuros, narguile y música neo-melódica en vivo. ‘Vamos a ver los bailes tradicionales’, siguen en coro mis dos anfitriones, titubeando en frente al enésimo vaso de whisky con hielo.
‘Me encanta tu vida’, incomoda el uigur, gritando para combatir el ruido del pum-pum. Los bailes tradicionales se han convertido en una playlist ‘Ibiza 2014’ de un dj improvisado... malditas traducciones desafortunadas.
Una discoteca subterránea dibuja el nuevo infierno del sábado uigur, recuerdos a ciertos underground helénicos ochenteros nunca vividos. El aire saturado de tabaco industrial y machos en potencia, la agresividad al palo para lidiar con algún que otro trozo de piel femenina a la vista, cejas postizas y más truco que alma... el panorama desolador de un pasado aún demasiado presente.
‘Me encanta tu vida’, redoblan las campanas.
‘Sabes’, me explica el (casi) chino, celestino de traducciones. ‘Mi amigo siente que tiene que demostrarte algo, quizás que también su vida merece la pena’.
Los tres coetáneos, acomodados en un privé de un club en la China musulmana, discuten y filosofan sobre sus vidas. 33 años que juntos casi llegan al siglo.
Uno cruza medio mundo para volver a casa, otro disfruta su noche libre de mujer e hijos, y el tercero rechaza la idea del trabajo conviviendo crónicamente con la madre y la abuela.

‘Está casado con un piso nuevo’, puntualiza este último sobre su amigo molesto. ‘Si se compara contigo, se deprime. O quizás es solo el alcohol’.
Otra vez el mismo mantra. ¿Como manejarlo? No puedo decir que yo sienta lo mismo sobre él, pero ¿como rebajar esa sensación de inferioridad humana (o racial) tan típica en estas tierras lejanas?
Farfullo algo sobre el pasaporte y lo relativo de la felicidad, pero no le convence. La respuesta a mis monólogos es siempre la misma: ‘me encanta tu vida’.
‘Toma, toma’, ofrece el uigur, unos dudosos líquidos en botellas no transparentes que poca confianza inspiran. ¿Agua azucarada? ¿Birra rebajada?
Rechazo, intentando no ofenderle. Ahora mi sueño no es volver a Europa de dedo, sino salir de este limbo maloliente de ruidos y humos tóxicos.
‘En Occidente hay mucha propaganda sobre la represión de los chinos hacia los uigur’, le comento para fomentar su sentimiento de identidad, una pregunta abierta.
Un triste remix de Rihanna (o familia varia) me oculta la respuesta alcohólica del bajo anfitrión, disuelta en las verdades del vino.
Afuera de este rincón autónomo, policía, militares, controles, armas a la vista.
‘¿Dónde vas, quien eres y por qué?’, me preguntan unos milicos al verme caminar calles periféricas al amanecer.
‘Me gusta andar’, le comento para ocultar la verdad y evitar de explicarle la ética de Couchsurfing: en el oeste de la China puede resultar complicada e incluso peligrosa la idea de que alguien te hospede sin registro policial.
‘Me voy afuera, no puedo más’, le comento a los dos coetáneos borrachos, tras aguantar casi media hora en este teatrín barato de jóvenes aburridos.

El hielo de la noche me abraza familiar como una madre que huele la ropa pestilente y la obliga en la lavadora. Lidiar con anfitriones ebrios... el sueño de una cama que se aleja mientras el asunto se complica y enreda.
Ultima noche en China (si aún se puede llamar tal). Ultima noche de gala para un adiós no querido, un envite obligado a salir de fiesta en otro planeta, con el enésimo sello y números y fechas, kilómetros y rostros humanos como único valioso souvenir para llevarse de vuelta.
A Ítaca.
Donde la vida busca su encanto.


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