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La recta vía

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 20 oct 2023
  • 4 min de lectura


‘¡Que no vayas al sur de Tailandia! ¡Es peligroso! Te secuestran, venden tus riñones al mercado negro, ponen bombas en la calle, disparan y matan a los turistas’.

Si hay una constante en la justificación ontológica del concepto ‘nación’ es seguramente el extrañamiento que provocan la fronteras. De la misma manera que vivir en una casa en medio de una borrasca, adentro las cuatro paredes uno se siente seguro, cobijado, seco. Afuera ya es otra cosa, ahí te ahogas sin remedio, te mojas y pierdes la recta vía. Una curva descendiente hacia los ínferos.

‘Está llenos de separatistas islámicos ahí, cuidado. Llevan años explicando sus razones a son de bombas’, me introduce un matrimonio que me deja a las puertas de la inmigración malasia.

Yala es una de las provincias no aconsejada por las embajadas de medio mundo. Victimas del tratado anglo-siamés del 1909, que dividió la comunidad musulmana entre dos estados, las provincias meridionales de la actual Tailandia siguen no aceptando el estado resultante: un viejo papel y la asimilación forzosa al nacionalismo Thai.

Entonces, para quitarse de dudas, bombas. Para cambiarlo todo, bombas.

El mejor lugar para evitar turistas.




‘Es ilegal llevar casco’, me confiesa Sura mientras rodamos con el scooter por la ciudad, puestos del ejercito por todos lados. ‘No puedes ocultar la cara a los militares, quien sabe que se van a creer’, advierte, como quien no quiere la cosa.

A pesar de todo, la vida sigue, y los puestos del ejercito se convierten en un semáforo, un objeto, otro mobiliario urbano. El día día no padece cambios abruptos, las mezquitas siguen chillando sus llamadas en graznantes altavoces y los exponentes del sexo femenino se arrastran por la calle dignamente encapotadas de arriba abajo.

‘¿Por qué también las niñas van cubiertas aquí? ¿No empezaban a ponerse el hiyab con la pubertad?

‘Mejor acostumbrarlas cuando son todavía jovencitas’, me contesta serio. ‘Así no se ponen extrañas ideas por la cabeza cuando sean mayores’.

A veces intento ser antropológico, respetuoso y relativista, pero no puedo parar de figurarme unas gallinas con las alas cortadas para que no se escapen de la cerca. Una protección del mundo exterior, un cobijo bajo la lluvia, una nación, una profecía autocumplida.




A pesar de toda la idiosincrasia patriarcal de su credo, Sura es un artista. Este cincuentón gay escapado de Bangkok sigue la larga lista de chamulleros que pueblan el mundo con su palabrería rápida e ligera.

‘Solo aquí no tengo ningún amigo’, chafardea en la gasolinera, mientras pone un par de litros en su scooter, cartera en la mano.

Y parece que tenga razón.

Suele pararse compulsivamente a visitar ‘amigos’ por toda la provincia. Por la mañana, elige alguien que le pueda proporcionar desayuno, a la hora de la comida otro y así, todo el día. ‘A este le di clases de inglés’, se pavonea, acercándose al hijo de algún que otro ‘amigo’.

‘Que lindos son los niños, no tienen ninguna maldad’, suele repetir, abrazándolo ambiguamente, quizás la ultima confirmación de su instinto pedófilo, ese peligroso amor pasoliniano hacia la inocencia campesina.

Me invita a presenciar a una clase de inglés con una joven alumna, presumiendo ante los padres de un ‘nativo’ que conversará con su hija.

No creo haya encontrado en mi vida en profesor tan poco dedicado y con un acento tan improbable. No tiene ningún método, ninguna pasión, improvisa (y mal) para alargar sistemáticamente el tiempo de las clases. En resumidas cuentas, resulta ser un chamullero también en el ámbito laboral.

Con orgullo, recuerda el trabajo en Dubái y en el Brunei haciendo masajes (y probablemente algo más) a los millonarios árabes que le pagaban en efectivo. De esta manera se pudo comprar una casa en Yala y vivir del cuento dando esporádicas clases a niños, rezar cinco veces al día y pasar tiempo con sus múltiples amistades.

A veces, incluso, entra en las casas ajenas y se saca fruta y comida para llevarse. Sin preguntar ni nada.

Lo extraño es que (casi) todos les respetan y le sacan platos con una sonrisa. Esa famosa sonrisa tailandesa de la que todos hablan.

El limite entre chamullero y gorrón suele ser sutil, pero en este caso me confunde sobre manera.




Unas 20 horas de tren me proporcionan por fin alivio y anonimidad.

Cruzo rápido la tierra de los Thai, una ventanilla lloviosa sobre los arrozales y las extensas landas húmedas. Diviso un dron a lo lejos echando pesticidas en un amplio monocultivo y un pastor, al lado de las vías regadas por basuras, espera el tren para hacerse un selfie.

Una joven a mi lado, saca el móvil mecánicamente para hacer una foto al atardecer. Sin mirarla, la postea inmediatamente, aunque en ella no aparezca ninguna luz que pueda reconducir ni remotamente a la idea visiva de un sol caído.

Una bolsa de plástico revolotea encima de los campos inundados. Un pájaro, quizás.

Paso la noche en un templo budista. Antes de acostarme, me acerco a dar las gracias a los monjes, esos perseverantes interpretes de la recta vía.

No me escuchan. También ellos están pegados a la pantalla, escrutando con atención la publicidad de Pantene.

 
 
 

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