De vuelta en Europa
- Kapok

- 26 mar 2024
- 3 min de lectura

'Date la vuelta y manos arriba’.
Kadir tiene miedo y no se confía de mi.
Hoy he cruzado el Bósforo y estoy de vuelta en Europa.
Hoy he cruzado el Bósforo y un tipo genérico me cachea para averiguar si tengo pistolas, navajas o algo por el estilo.
‘¿Tienes armas?’, me pregunta en su turco sin subtítulos. ‘¿Tienes armas?’, como preguntarle al bodeguero si el vino está bueno, que preguntas más bobas, por dios.
‘Sabes’, me confiesa adentro del coche, aun temblando de nervios y excitación. ‘Te recogí en esa gasolinera porque Allah me lo dijo. Y si tengo que morir en el intento, por lo menos moriré como un loco’.
Kadir no ha ido a escuela de oratoria tranquilizadora, sin duda alguna. No puedes seguir nombrando muertes y tragedias si justamente lo que temes son muertes y tragedias. Un poco como los gafados que, más se quejan de su mala suerte, y más le cae encima. A veces mejor callar, o hablar del tiempo.
‘¡Qué solazo!’, le tiro por ahí, intentando lucir mi limitado vocabulario meteorológico.
No funciona.
‘¿Crees en Allah?’
‘¿Que tiene a que ver ahora?’, me gustaría objetarle. ‘La situación es simple. Estaba en una gasolinera, buscaba un pasaje hacia la frontera, tu vas por ese camino y me recogiste. ¿Dónde entra en juego Allah en la ecuación?
Kadir, barbita fina y porte sano e higiénico, parece navegar en esa edad en la cual el hombre siente la necesidad de persuadir a los otros para autoconvencerse de su lugar en el mundo y del camino justo a seguir para el resto de la humanidad. Filántropos, conspiranoicos, yoguis, inversores de bitcoins, todo el abanico de miles nuevas verdades inquebrantables.

‘Quiero enseñarte algo’, sigue empecinado como si no le interesara para nada una replica teológica de mi parte.
‘Mira esto’.
En la pantalla multimedia de su cochazo un barbudo sabio youtubero empieza a pegar la chapa en inglés intentando contar la historia de no sé que mezquita, qué puerta mágica y qué viajero perdido en el desierto. La narración es imposible para seguir, un poco para el espíritu alterado del chofer, un poco para la improbable fluidez del cuento, interrumpido cada dos por tres por las bendiciones al profeta. Cada vez que el barbudo lo nombra, le rinde las gracias... y, confiadme, que lo nombra a menudo.
No sé como comunicarle que pare esta tortura, para el bien de todos... es la muerte del ritmo narrativo, el triunfo de la pomposidad tolkeniana con esas descripciones tan detalladas cuanto adormecedoras, la monotonía incomprensible de palabras sagradas no traducidas y dadas por supuestas.
‘Me sorprende que los cristianos crean en tres dioses diferentes’, me comunica el traductor de su Iphone, intentando un dialogo más profundo y acoranizador.
‘Dile a tu imam que consulte a Wikipedia, apartado ‘religiones monoteístas’’, otra vez la respuesta querida pero dejada de lado por obvias razones.
‘¿Qué música quieres escuchar?’, me comenta cuando considera haya llegado el momento oportuno para cambiar de aire. ‘Yo solo escucho suras y músicas coránicas, ¿quieres poner algo tu?’.
Solo por el gusto de reírme para adentro, pienso en lo más inadecuado para el momento, un tema de los Chichos, el coro polifónico sardo/mongol, las aventuras sexuales de la Winehouse o el álbum navideño de Sinatra.
‘Un día quemarán y se arrepentirán de haber nacido’, presagia sin venir a cuento con el reflujo de bilis de las 14.33. ‘Estos americanos y occidentales no van a salvarse del dolor y la muerte. Pronto llegará su momento’. No puedo parar de figurarme el trailer de una peli a lo Steven Seagal con Kadir como protagonista.
Hace algunos días, en Istanbul, un joven con mascarilla no conseguía encontrar un taxi por la noche. Cuando finalmente un coche se paró, el joven subió y al momento de pagar, le dijo al chofer: ‘A veces es mejor no confiarse de la gente’, sacó una pistola, le pegó tres tiros y escapó robándole móvil y cascos.
El video se ha vuelto viral y ya sabemos las consecuencias.
Si el autoestop es y ha sido para mi una herramienta para volver a confiar en el espíritu curioso y altruista del ser humano, parece haber enemigos del otro lado que hacen lo posible para sembrar más desconfianza y sospecha, para encerrar aún más la humanidad adentro de sus casas, coches, móviles y, al fin al cabo, adentro de sus propios estados mentales.
Cuanto más bienestar, más miedo. Cuanto más miedo, más llaves que cierran puertas.
Cuando se cierra una puerta empezamos a oler mal y a pudrirnos muy rápido, todo huele a cerrado y a mierda, nos bañamos, nos fregamos los dientes pero olemos mal de todas maneras.
Del otro lado de la orilla la puerta más grande.
Hoy he cruzado el Bósforo y estoy de vuelta en Europa.



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