In the end
- Kapok

- 3 dic 2023
- 3 min de lectura

Entre las primeras conversaciones de la gente, aunque en un idioma absurdo o manejando el traductor online, antes de saber como me llamo quien soy donde voy, siempre aparece la misma indirecta: 'tendrías que cambiar el móvil'.
Llevo muchos meses con la pantalla hecha polvo pero no puedo cambiarla por estos lados del mundo y, al fin, me he ido acostumbrado. No le hago un gran drama. Aun recuerdo esas tres japos con el helado chorreando en un coche australiano y sus móviles riéndose del mío. ‘¿Cómo puede ser?’, parecían preguntarme con sus molestos hihihi histéricos. ‘Pero ¿cómo vives?’, una vergüenza, una desconfianza, un hombre sin piernas. Click, click, click. Incluso alguien hace fotos y videos al móvil malherido, la pantalla una famosa personalidad por ese lado del mundo.
Una joven laosiana se maquilla para la fiesta. Los dragones desfilan por la calle principal y alguien sube los cables de la electricidad con una escoba, para que el espectáculo pueda seguir sin obstáculos.
Niños, adultos, viejos, monjes, franceses, cualquier credo, religión y medida de nariz, todos sin exclusión pegados a la pantalla, para grabar, grabarse y vender.
¿Dónde queda el romanticismo de maquillarse para la noche estrellada y las fabulas del día después? En ese momento histórico solo importan las fotos de hoy, destinatario un usuario anónimo del éter, ese hyperuranion donde todos quieren exhibirse tan afanosamente y compartir de manera enfermiza estímulos egocéntricos.
Cada esfuerzo es inutil, hoy no se trata de una fiesta budista donde se bajan los barcos al rio, ni tampoco presenciamos una celebración conjunta de comunión social o antiguas tradiciones locales.
No. Hoy, en Luang Prabang, es la fiesta del yo, la fiesta del tengo, la fiesta del contenido sin forma y de los servidores llenos de mierda.
Hoy es la fiesta del móvil. Y mañana también.
Si había algo para ganar en algún lado, hemos perdido. Irremediablemente.
‘El otro día presencié a un evento musical espectacular en la aldea’, me comenta Jaco desde el desierto australiano. ‘Pensé inmediatamente en grabar y archivarlo como una importante referencia para la academia cultural, pero no lo hice. No pude. He preferido vivir el momento y dejar el cacharro en el bolsillo’.

Espero en la escalera del templo a un joven nacido en el nuevo milenio, desconocedor de los tiempos pre-móvil y ajeno a las pautas sociales que se atenían a ese mundo sin conexión, a esos sentidos comunes que tanto comunes no son: la conciencia de que ‘alguien está esperando’.
Paso el tiempo mirando la gente entrar y salir del templo en su ropa de fiesta, excitación en el aire y narcisismo fotográfico. Nadie se da cuenta de mi presencia, solo una mirada cómplice de una niña que se despierta del torpor general.
No estoy conectado ergo no existo.
Jóvenes monjes se hacen selfies con altas rubias nórdicas, ‘protegiendo los elefantes de Laos desde el 2001’, ponen sus camisetas. Como con los niños se ha perdido ya la empatía, probamos con los animalitos, que producen más likes en Instagram. El templo está en venta, el sacro también… no queda más nada, todo está comprado.
La Fulvi lo decía: ‘Laos ha sido realmente diferente del resto del Sur Este Asiático’, y con ella centenares de otros recuerdos análogos. ‘Pero te hablo de hace diez años ya’.
10 años, un pedo en la historia de la humanidad.
10 años, un cambio completo, de cero a diez, de las cuevas a las ciudades, de la memoria compartida al click instantáneo.
‘Ya no tiene ningún sentido viajar’, le espeto a la Fulvi, como si fuera su culpa si también en Laos todo es igual que el resto: epidemia de scroll, historias, fotos y sonidos molestos, 24 horas diarias de aburrimiento constante para la (in)digna progenie de esta única grande cultura pedorra.
Lo que no pudo el opio, lo consiguió un móvil.
El mundo acabó hace 10 años y me doy cuenta solo ahora.

En un restaurante de mala muerte amanece un nuevo remix de ‘In the end’ de Linkin Park. También en el Laos comunista ha llegado el algoritmo de Spotify y, con este, la decadente obsesión posmoderna por las versiones lounge.
Hemos llegado a la fruta, a la ultima portada de la ultima cena. No hay nada más que decir, nada más que comentar, solo replicar en bucle, como un patético día de la marmota. Una larga pesada digestión.
‘Ahh, me encanta Barcelona’, comenta un joven laosiano que me rescata del sol inclemente de la carretera tropical. ‘Un día me gustaría visitar tu ciudad para ver la location de los videos de Shakira’.
Más que a la fruta estamos directamente sentados en la taza del váter.


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