Hello Mister
- Kapok

- 6 sept 2023
- 5 min de lectura

‘Mister, mister’.
Las palabras vuelan rápidas como los transeúntes en dos ruedas, esquivando obstáculos y peatones. Mister, mister, dirigiéndose a alguien que claramente no soy yo.
¿Mister? ¿Desde cuando me he vuelto un mister?
Llevo más de una semana sin ver a ningún blanco caucásico, y mejor así. Pero eso implica, por otro lado, que no puedo esconder mi cara pálida ni a palos.
‘A mi hija le gustaría mucho estar de novia con un inglés como tú’, me propone el padre, un chino indonesio que me recoge a la salida de Maumere.
‘¡Que no soy inglés!’, me defiendo, intentando esquivar los selfies a escondidas de la hija tímido-agresiva.
‘Bah, inglés acá quiere decir extranjero en general’, aclara el chofer para tranquilizarme.
Mister, mister.
La calle alaba (o desprecia) mi piel diferente. Ríen, se esconden, hacen fotos, gritan ‘Hello’, vociferan ‘Mister, Mister’ sin parar. Alguien se equivoca y me llama ‘Miss, Miss’ (¿habrá llegado la teoría de género también aquí?)
Parezco ser el papa en procesión, si hubiera un contador de ‘misters’ se estropearía el mecanismo.
‘Hello mister, where are you going?’, parece ser el respectivo de ‘linda guapa, ¿que haces por aquí?’, con las debidas diferencias.
Pero el tono sí, es siempre lo mismo, el repetido ‘mister’ como un mantra místico, que en muchos casos no quiere respuesta ni atisbo de conversación, solo constatación practica: ‘Eres blanco, eres blanco, eres blanco…’, así hasta el infinito.
‘Mister, mister’ es un pedo incontrolable, un estornudo, un reflejo incondicionado, como cuando te haces daño y te cagas en Dios y en todo lo que se menea. No por eso quieres una respuesta concreta desde Dios o desde todo lo que se menea.
Ya los veo en el lecho de muerte, perdiendo la sangre y la vida, lentamente dar vuelta a la cabeza cuando distinguen mi sombra, gastando las ultimas fuerzas y los últimos alientos para suspiran un débil ‘mister’.

Paso, mochilas a cuesta, por la calle abarrotada de niños en desfile, música y vestidos tradicionales. Es el día de la Independencia de Indonesia, obtenida una semana después las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Las banderas blanco-rojas reinan imperantes en las calles y en los pueblos, en el campo y en las callecitas.
‘Es obligatorio poner las banderas durante más de una semana en todas las casas también’, confiesa la Rosa, omitiendo lo que pasaría si alguien se negara. Libertad obligatoria, diría Gaber.
No se suelen nombrar los 30 años de dictadura militar ni las masacres genocidas del ‘65-’66, ocurridas en plena ‘democracia’. ‘Ni tampoco las agresiones y violencias repetidas hacia la comunidad china’, me comenta el chofer de Maumere. ‘En el 1998 quemaban nuestras actividades y han matado y violentado a muchos’.
Al final al cabo, lo importante en ese día de fiesta es crear unidad e identidad nacional entre unas 13.500 islas desperdigas con más de 300 grupos de lengua y cultura diferentes (omitiendo los relativos conflictos, como la actual guerra de ocupación en Papua Occidental).
Cantos y danzas para la patria, para la nación, para la libertad. Quien sabe si ha sido un malo chiste de los portugueses, pero ‘libertad’ en indonesio se traduce como ‘merdeka’.

‘No nos olvides’, me reza con el traductor online la madre de una familia que me ha dejado pasar la noche en su patio. ‘No nos olvides’, aunque tampoco sepa su nombre. ‘No nos olvides’, una amenaza a un dios de paso, un amuleto contra la mala suerte, una oración de dicha y prosperidad.
‘Vente al colegio y haz una clase de inglés para los alumnos’, me proponen sin condicionales.
Lo mismo que si comes carne deberías presenciar a la muerte del animal, lo mismo, si eres blanco, tienes que pasar por un colegio llenos de humanos que te hacen continuamente fotos, abarrotando el servidor de Instagram con mi pobre cara fotofóbica.
Tenía muchas ganas de salir de Australia para escaquearme de la anonimidad británica, pero no creía llegar hasta este extremo dualista de diva contra paparazzi.
Detesto que me endiosen y casi prefiero que me desprecien, como ciertos latinos en Sur América. Tiene más sentido el aversión y la culpa colonial que no el elogio indiscriminado hacia una cultura que los utiliza como un basurero al aire libre. Los países occidentales (que aquí tanto alaban) ‘reciclan’ diligentemente su basura enviando en Indonesia cada año millones de toneladas de residuos contaminantes, vertidos en el océano o brutalmente quemados. Esto hace de Indonesia el segundo país más contaminado al mundo.
‘¿Puedo hacerme una foto contigo?’
Este mi karma, la única manera para sentirme un poco mejor con la culpabilidad de mi piel, de mi pasaporte.
‘Quizás un día iremos para los países europeos y ahí nos veremos’, recita Imamah, una vana esperanza para niños y niñas desinteresados y tímidos que (justamente) no saben ni decir ‘What’s your name?’ sin la ‘ayuda’ de la profe gritándole en la oreja lo que tienen que contestar. Una ilusión de progreso.
Con los adolescentes es diferente y consigo darle un sentido más político a mi ‘clase’.
‘El inglés no es mi idioma y tampoco me gusta’, rompo el hielo. ‘Puede ser muy importante para comunicar con el resto del mundo, pero no os olvidéis vuestro idioma nacional ni, sobre todo, el local. No os avergoncéis de este, la lengua de los afectos, de la infancia y de la familia. El inglés es útil pero nunca podrá remplazar estos sentimientos’.

‘Y ¿cómo es la educación en tu país?’, me pregunta el profe, ayudado por Google.
‘Menos formal’, le contesto sin pensar. Los coles (abarrotados de juventud) tienen esa pinta de sueño soviético tropical, un viaje en el tiempo a través de largos patios, arboles centenarios e uniformes (con sandalias).
‘Sir, si me es dada la posibilidad de robarle algo de su tiempo con mi humilde cuestión, etc. etc.’, son las introducciones de ciertas alumnas para introducir una simple pregunta. Esos formalismos institucionales (o mejor, servilismos coloniales) quizás han contribuido a plasmar la identidad sumisa e idiosincratica de buena parte del Sureste asiático.
La ‘clase’ termina con el ritual de los regalos. Si ya me sentía bastante incomodo con los reiterados selfies, nada puedo contra la larga fila de anónimos donantes. Snacks, azúcar, ensalada, camiseta y un cortaúñas violeta. Cada objeto en una bolsa de plástico.
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
Me siento como un rey mago (uno de los blancos) venido a irradiar la buena nueva, un embajador de la esperanza, de la felicidad, de la nieve sempiterna de los países felices.
‘¿Que es que te gusta más de Indonesia?’
‘Aquí sonreís mucho, no como en Francia’, confiesa la Marion.
Salgo de la escuela y me escoltan para evitar más fotos.
Una vez fuera del ‘peligro’, me doy una vuelta para el barrio y encuentro un partido de voleibol, mis ojos relucen.
‘Mister, mister, mister’, por fin vuelta a la normalidad.


Mister cap d'ou! Volem més posts amb salseo i menys arrepentiment neocolonialista privilegiat. Una mica de morbo i safareig!!! 😋😂😂💜