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Deslizar suavemente

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 3 ene 2024
  • 4 min de lectura



Ke me recoge con un Audi y un perro pequeño. Luce un nuevo apartamento, un bolso de Dior y mesa de diseño de la cual me comparte orgullosísima el precio.

Ke ha escapado de China para gozar de la libertad australiana: emprende, gasta, capitaliza. ‘Es muy competitivo por ahí atrás’, confiesa, intentando ocultar incluso el nombre de su nación.

Obsesionada con replicar muy bien la cocina mediterránea, se rodea de antiguos libros de recetas en diferentes idiomas latinos, vino adecuado para comida adecuada. Esa magia de replicar la cultura dominante alguien la llamó en los años ‘00 Shanzhai, el arte de la falsificación, donde la copia imita ser una obra con espíritu propio.

‘He llegado en Australia sin un duro y he conseguido encontrar una manera para emprender y no tener ningún jefe’, comenta, escupiendo sobre los que viven con la plata de los padres y no se arriesgan con ninguna ambición. Prepara la mesa con una velita y una botella de blanco espumoso. En realidad tampoco bebe pero la imagen de emprendedora con éxito requiere vinos caros y, en casos especiales, catar una cantidad irrisoria para complacer al huésped (mediterráneo).

¿Ha realmente cambiado de paradigma, opinión, ojos, o son los mismos trasfigurados en otro continente, en otro idioma?

‘China se está yendo a pique’, me informa Klaus desde Beijing, sin medios términos.

En estas semanas, algún que otro chino han compartidos sus preocupaciones sobre la situación económica decadente del imperio del lejano este.

‘No sé hacia donde estamos yendo’, comenta un pos-adolescente preocupado. ‘Hay gente que está esperando el sueldo hace años y nada. La Nueva Ruta de la Seda no me convence, parece estar creando más problemas que empleos’.

‘Tuve que reinventarme comerciando con Laos, porque es muy difícil sobrevivir por aquí’, comenta otro joven emprendedor, autocompasionándose de la elección (forzosa) de vivir en Jinghong, una ciudad de tercer nivel, una pequeña urbe de 3 millones de habitantes.

   ‘La riqueza es limitada, la innovación es ilimitada’, grita el estado chino desde lo alto de un póster. ¿Ya preparan el pueblo para la caída?



La sociedad está envejeciendo y no hay un buen sistema de jubilación, ‘en muchos casos los viejos viven al limite de la indigencia’, confiesan algunos, ‘somos muchos y no es fácil repartir el dinero a todas las categorías que lo necesitan’.

‘Estamos aun en vía de desarrollo’, se excusan otros, reviviendo el mito sempiterno de la Edad del Oro, justificación de todo mal. ‘Todo irá a mejor’, cagan esperanza para vender.

En el metro de Chengdu se repite crónico el video de un profesor cubano que gasta alabanzas (en inglés) al presidente Xi... quizás para fijar, lamiendo ojetes ajenos, las importantes relaciones comerciales con el gigante “comunista”. Como si no fuera bastante la propaganda política, en otra pantalla un director de orquesta serbio intenta darle un sentido a un coro chino sin arte ni parte. Superpuestas aparecen las palabras prosperidad, democracia, civilización, armonía, libertad, igualdad, justicia, leyes, patriotismo, dedicación, integridad, amistad.

El inglés sigue siendo el idioma internacional aquí, a pesar de las divergencias políticas y el bloqueo firewall hacia los contenidos occidentales. Casi nadie lo habla de manera fluyente y solamente el traductor online se revela un amigo artificial en la mayoría de las circunstancias.

En las interpretaciones de los señales, incluso el inglés parece ser otro tentativo de Shanzhai. A menudo le falta una letra, reboza faltas gramaticales o simplemente carece de sentido. También el idioma parece una imitación, como una chaqueta North Pace o unos cigarrillos Marlporo.

‘Carefully slide’, recita una señal. En lugar de aconsejar premura en suelos deslizantes, sugieren deslizar suavemente. Así no hay miedo de caer y hacerse daño.

Quien sabe ‘deslizar suavemente’ indique, al final al cabo, más una recomendación social y política que otra cosa.

Si algo pasa, por lo menos ya estamos en el suelo.




El cartonero de la esquina no puede parar de mirarme. Cuando le robo unos cartones para el autoestop, no consigue abrir boca. No puede entender que está pasando, y nunca lo sabrá.

En este país tan misterioso, donde

nadie se acaba el plato de comida, donde

la infantilización de las mujeres alcanza niveles pedófilos, donde

el limpiador del pasamanos de las escaleras mecánicas se da tono de sargento militar, donde

los padres activan pedaleando la montaña rusa para los hijos, donde

la gente te para en la calle y confiesa: ‘quiero ser tu amigo porque nunca he visto a un occidental’, donde

no paran de sonar cantos comunistas en la tercera clase del tren, donde

el móvil es ya una extremidad más del cuerpo, una cartera infinita, una cámara demás.

En este país tan complejo, marciano aterrizado en galaxia desconocida, donde todo pasado se olvida para un mejor futuro, ¿queda alguna magia, alguna tradición, algún recuerdo de lo que fue?





Un huerto de nabos, remolachas, coles, único trozo de tierra que aun no ha sucumbido al enésimo rascacielos de la High Tech Zone, la zona más in de la ciudad, el nuevo suburbio estratégico para la clase media-alta de Chengdu. Sin alma, sin barrio, sin ese sentido de comunidad de los antiguos edificios comunistas, sin esa ilusión familiar de pueblo, de conocido, de casa.

En la High Tech Zone cada uno se encierra con orgullo en si mismo, en su trabajo de remoto, de self made, un perro pequeño nervioso e inútil ladrando en 30 m2, vistas hacia la bruma, la contaminación, la nada. Un país en vía de desarrollo obcecado por una espesa neblina, que no consigue ver mas allá de ese opaco constante, de este despertador a las 7 de la mañana con el metro repleto de robots.

Escucho ‘Metropolis’ de Kraftwerk mientras vuelvo a una de mis casas temporarias, planta 18. No hay mejor poesía que este fría armonía de una anónima metrópolis que ha perdido (o nunca tuvo) ningún tipo de atractivo, de arte, de vida.

Un huerto de nabos, remolachas, coles, ultimo estandarte de la tierra contra el cemento. En el medio un señor con su silla y su violín chino busca un atardecer escondido por los edificios, el olvido de una luz antigua. En el medio del huerto el violín le canta a las nubes traicioneras un epitafio melancólico de lo que fue y nunca volverá a ser.

 
 
 

2 comentarios


Invitado
09 ene 2024

Wow! Que poetico el violín.

De que animal es la caca que está en frente del murales?

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Kapok
Kapok
11 ene 2024
Contestando a

Yak

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