Democracia y sida
- Kapok

- 31 oct 2023
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Cuando te topas con un alemán, alto, rubio, de ojos azules y rostro penetrante, es inevitable figurarse la imagen en blanco y negro de esa enorme plaza llena de soldados nacionalsocialistas: funcionales, pragmáticos, inhumanos. Por poco políticamente correcto que parezca, nos puede sacudir la duda lombrosiana de si el mal (por cuanto banal que sea), pueda ser inscrito genéticamente.
En Camboya me es difícil jugar a este espurio pasatiempos generalista. Contemplando los rostros dóciles y casi sumisos de la reducida población khmer, resulta imposible a un alienígena aterrizado por esas landas húmedas imaginar de lo que pudo ser capaz esa gente en un pasado dramáticamente reciente.
‘El camino que estás transitando en este momento está lleno de sangre’, empieza Sokaer. ‘Para construir este canal, justo en el lugar donde pisas ahora, ha muerto mucha gente. De cansancio, de hambre, de hostias’.
La canalización del agua ha sido uno de los puntos clave de la política agraria de la Kampuchea Democrática, el estado de estampo maoista que entre el 1975 y el 1979 borró del mapa a un tercio de su población: profesores, intelectuales, opositores o, más simplemente, ladrones de comida. Un hambriento que no compartía un plátano (o más bien una rata) con la organización no era digno de participar al proyecto del Hombre Nuevo. Casi dos millones de esqueletos reposan hoy en gigantescas fosas comunes alrededor de todo el territorio nacional.
‘Arrebataron las tierras a mi abuelo y le mataron a palos en frente de su hija: mi madre’. Y así vale por otros familiares, y amigos y vecinos… Un nunca acabar de contactos, sospechas, paranoia, ejecuciones masivas.
‘Cuando vuelvo a casa, no busco mis hermanos, solo vengo aquí para estar con mis padres. Siento que les debo mucho, sobre todo a mi madre’, evidencia mi coetáneo khmer.
Sin renegar de sus orígenes, Sokaer transita hoy por una encrucijada identitaria, ni de aquí ni de allá, vigilando un puente de frágiles fundamentas, entre el caviar y los plátanos, los hoteles y las chozas, los ricos y los pobres.
Saliendo de una familia de arroceros y campesinos, el joven Sokaer ha sido la primera persona de toda la aldea en obtener estudios universitario. De ahí su lento camino de trabajos y contactos, hasta la Tailandia, hasta las Naciones Unidas, la alta sociedad y pomposas comidas ‘tan caras que hubieran podido alimentar mi comunidad por semanas’.
Todos le conocen en la aldea, con algo de envidia y reconocimiento: es el que habla idiomas y lleva forasteros, de vez en cuando.
‘Pero el Estado me busca’, confiesa. ‘Me codeo con las Naciones Unidas y no estoy afiliado al Partido. Levanto sospechas en un país como Camboya’.
Pasamos por la poza donde tiraban los niños apaleados y medio muertos. El dibujo explicativo es tan simple cuanto aterrador.

Los años oscuros de la revolución de los Khmer Rouge han marcado la historia del siglo XX y, como no, la de la misma Camboya, lastimada por un sinfín de guerras civiles y golpes de estado. Las 540.000 toneladas de bombas tiradas por los estadounidenses en el país entre el 1970 y el 1975 (más que la cantidad total lanzada por las fuerzas aliadas sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial), no consiguieron menguar la guerrilla y los avances vietnamitas, sino todo lo contrario, les dieron una razón de ser. La milicia rebelde que se iba armando en la jungla, lentamente reforzaba las filas con más campesinos descontentos.
Pol Pot y Khieu Samphan (los Jagger-Richards en cuestión), tras unos años estudiantiles en París, volvieron al país con un bagaje marxista de petit comité europeo y, tras la conquista de Phnom Penh el 17 abril de 1975, llegó para ellos el momento de dejar al lado la teoría y actuar sobre el campo, sobre la gente.
Colectivización de las tierras, comedores comunitarios, abolición del dinero, revalorización del campo, abandono masivo de las ciudades y rechazo completo de cada vestigio occidental. ‘Camboya volverá al antiguo esplendor de Angkor Wat’, sermoneaban los lideres del movimiento, ‘el Hombre Nuevo no permitirá a nadie más invadir su territorio sagrado’.
En 1979 Vietnam entra en la capital y echa a los Khmer Rouge, que se refugian otra vez en la jungla. Aquí, frontera con Tailandia, los ex-guerrilleros sobreviven gracias a la ayuda constante de China y Estados Unidos que, a pesar del genocidio y la mala publicidad de Pol Pot & co., no paran de armarlos para dificultar la expansión imperialista del Vietnam en el Sur Este Asiático.
En 1993, la UNTAC de las Naciones Unidas acude pomposa a llevar democracia en un país atormentado por las luchas internas y la inestabilidad política.
En 1993, las Naciones Unidas se acuerdan de un país que nunca ha importado a nadie, ni cuando el genocidio, ni cuando las olas de refugiados agonizaban en la sonriente Tailandia. Arrastrando por el bosque, buscando libertad y abonando el terreno. Pero, ¡que lindas las chicas de Camboya!
En 1993, las Naciones Unidas vinieron a llevar democracia y trajeron sida.

En Phnom Penh, la capital, está a punto de chapar un mercado callejero, con ese sabor melancólico típico de cada final. El calor húmedo en la sombra de los toldos, la ultima gente se mueve de aquí para allá, con el paso sosegado del cansancio.
Entre torpor y costumbre, alguien limpia los últimos platos, plega sillas y guarda la comida que no se ha vendido, quizás para la cena, quizás para las gallinas. En cada esquina basura abandonada, ratas dichosas y riachuelos sucios que chorrean calle abajo, ese intento fracasado de purificar el pasado, ese ilusión tan típica del agua cuando, en vez de limpiar, ensucia más.
En el museo del genocidio Tuol Sleng, un colegio convertido en campo de tortura y muerte, el dolor también se vuelve comercio y pierde su valor, su humanidad. Masa de turistas asisten en grupo al rápido tour de los pabellones de detención como si fueran de visita al Prado o paseando por Retiro.
Alguien ríe y hace bromas, alguien mira el móvil aburrido, alguien piensa que le toca pasar aquí sí o sí (la ciudad no ofrece muchas opciones para los turistas), alguien no ve la hora de ir a comer y revisar las fotos del día.
En la esquina, un viejo seco y amarillo intenta vender su libro ‘Survivor’, historia personal de supervivencia en el campo de concentración de Tuol Sleng. Él y sus compinches paran a los turistas que, tras una rápida conversación, se sienten medio obligados a comprarse el libro y hacerse selfies con el héroe del lugar, todo sonrisas.
Un par de británicas salen de la galería fotográfica de los torturados con los ojos hinchados de tanto llorar. Se apoyan una la otra. No pueden seguir más el recorrido del museo, necesitan parar o quizás salir.
Salir para volver a la normalidad
Salir para dar un sentido a las lagrimas
Salir para vencer la anestesia


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