Mejor no hablar de ciertas cosas
- Kapok

- 19 sept 2023
- 5 min de lectura
Actualizado: 4 oct 2023

Pena de muerte para introducir cualquier tipo de droga.
Esa la recepción de la aduana en Singapur, ojete de país híper rico enclaustrado por economías notoriamente más débiles y empobrecidas.
No puedo parar de figurarme una punta de chocolate olvidado en la mochila, de cuando el capitán y yo tiramos toda la droga del barco, para evitar de parar en una celda indonesia con pederastas silbando lujuriosamente ‘Hello Mister’.
‘No queremos que alguien intoxique a nuestra juventud’, propagandiza el abogado que nos hospeda.
‘Pero ¡si exportáis droga al resto del mundo!’, hago yo semi-escandalizado por la viva incongruencia.
‘Ya, ¡pero eso es otro asunto!’, contesta con una sonrisa. ‘Que te crees, ¡también aquí en Singapur hay mucha cosa fina!’
Michael hace parte de la alta sociedad singapurense, vida occidental, mentalidad china y una cuenta bancaria con muchos ceros. Su familia posee siete coches y él se contenta con un Audi. Tener un coche en un lugar tan denso y poblado como Singapur denota una clase social bien distinta al resto.
Ya, porque, por cada auto el estado exige múltiples impuestos a lo largo de los diez años de permiso de utilizo. Después de ese tiempo, el coche tendrá que ser vendido (fuera de Singapur, es claro), o desguazado. La suma de impuestos de, pongamos, un Toyota Alvis, puede llegar a más de 200.000 dólares (150.000 Euros).
Ni hablar de cuanto Michael puede gastar en su Audi, aparcado fielmente al lado de un Ferrari en el aparcamiento subterráneo de uno de los condos (bloques de apartamentos) con más renombre de la ciudad.
The Interlace es una obra urbanística digna de una peli distópica de terror soviético: sus 1040 apartamentos divididos en 31 bloques dan cobijo a más de 2000 ciudadanos de primera, esos que pueden permitirse gastarse más de un millón para una jaula de ratas sin balcón.
En Europa tales atroces intentos de urbanismo comunitario y popular han fracasado paulatinamente en la mayoría de los casos, malogrados por la heroína, la criminalidad o el mal gusto. Pero nunca había apreciado esta arquitectura aplicada a la clase alta, encerrada por su propia voluntad alrededor de un valle artificial, estilo castillo inexpugnable del siglo XI, con tanto de muro y centinelas.
‘Aquí tenemos sala de billar, gimnasio, piscina, sauna, jacuzzi e incluso karaoke’, comenta el Micheal, con el tono aburrido de quien suele repetir cada día la misma pamplina a viajeros impresionables.
¿Para qué salir? ¿Para qué vivir?
Pura claustrofobia existencial.

Afuera de la burbuja (inmobiliaria) del Interlace, la vida sigue igual y sin muchas discrepancias con el interior de esa prisión de oro. La verdad es que no parece haber mucha desigualdad social ni económica en este país prospero y civilizado, no se reconocen barrios pobres ni lucen favelas al lado de condos de primera, como suele pasar en Yakarta o en Latino América.
‘Quien no puede permitirse diez dólares...’, exabrupta el ricachón en una de sus clásicas salidas desafortunadas, insinuando que la pobreza es un mito del occidente.
Pero bueno, en Singapur no hay salario mínimo y todos los trabajadores en la calle no son chinos ni europeos, sino indios. Para ellos, quizás, diez dólares representan tres horas de duro trabajo bajo el sol ecuatorial.
Micheal encarna la condición “natural” de la riqueza: yo soy rico porque otros son pobres.
Pero, como diría el sabio, mejor no hablar de ciertas cosas.
‘Aquí tenemos una política de inmigración más ferrea: no dejamos entrar a nadie (pues solo los blancos que tienen potencial), no como en Europa, que dejáis entrar a todo quisqui’.
‘Ya’, le contesto, perdiendo mi Suiza, ‘tienes que elegir entre salvar vidas humanas o salvar la economía, ¿qué prefieres tu?
Su silencio confirma la peor opción.

Singapur es el relato de un milagro económico basado en el puro artificio de intenciones.
El país abandonado por la corona británica antes y por la federación malaya después, se encontró solo e indefenso ante sus dos grandes problemas estructurales: la pobreza extrema y la falta completa de recursos, entre ellos el agua.
¿Cómo y por qué construir un estado partiendo de unos presupuestos tan perjudiciales?
Lo mismo tuvo que preguntarse el zar Pedro el Grande, al fundar su ciudad europeista encima de un pantanal insalubre.
Singapur es la San Petersburgo de Asia, un sinsentido ontológico que convierte el pis y la mierda en agua potable (o como la llaman aquí, la New Water). Importan agua de Malasia y comida de todo el mundo, ganándose así el récord de proyecto político menos sustentable del planeta, dependiente enteramente del comercio exterior.
‘Hay un solo periódico y está alineado con la linea del gobierno’, me comenta el orgulloso chino. ¿Como puede ser de otra manera? El People’s Action Party (¡que nombre tan montyphytonesco!) está en carga desde la independencia en 1965 y no acepta criticas.
‘Mira esos pisos sociales. El estado le da un apartamento a un precio muy bajo, y ¿sabes cuánto vale este al cabo de los años? Se hacen un pastizal esos hijos de puta sin hacer nada. Y yo no puedo ni aplicar por un piso social porque ya tengo uno de propiedad. ¿Te parece justo?’, indignación de la sangre azul.
‘Un conocido sí que sabe como manejar estas cosas. Alquila 7-8 pisos y se forra realquilándolos. Eso sí que es hacer guita’.
‘¿Y el estado no hace nada?
‘No, y ¿por qué tendría que hacerlo?’, replica con el mismo asombro de cuando le interpelo sobre la pena capital. ‘¿Pero no la tenéis en Europa?’, un ‘abogado’ como caído de las nubes.
Ya sé yo para quien aplicaría la pena capital, cag en déu.

El respetable señor solo habla en números e inversiones, como todos los adultos y no escatima su orgullo hacia las penas severas para la gente que no cumple la ley, ‘como la madre de un couchsurfer español que se robó un perfume de un duty-free’.
‘Al final, queremos que las leyes se respeten para que Singapur sea un lugar seguro y siga atrayendo inversores extranjeros’, esa la única verdad del país que se bebe su propia mierda, adentro de torres y rascacielos supermodernos.
Como suele decir la Rocio, todas las construcciones gigantes suelen ser erigidas para gente que no puede dar vida: los hombres. Para suplir a la falta primigenia de crear algo real (un ser humano, por ejemplo), la tecnología y el “progreso” suelen actuar como un mero pretexto patriarcal para aliviar la imposibilidad creacional del sexo masculino.
Alguien más burdo podría afirmar que también la síndrome del pene pequeño influye bastante en la desagradable majestuosidad de este extenso urbanismo pos-moderno. Al final al cabo, en África están construyendo todos los chinos. Allá los locales no tienen que demonstrar nada, ¿no?
Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas.
Mejor no hablar
Mejor no
Mejor


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