Carretera blanca
- Kapok

- 9 mar 2024
- 5 min de lectura

Entro y salgo del Kazajistán, como si fuera una frontera conocida, un bar de confianza, una vieja tía que te hace preguntas incomodas dictadas por la costumbre y no tanto por la diligencia.
‘Donde vas, de donde eres, porque estás aquí’, sigue el sondeo periódico de personas, un cuestionario recitado religiosamente en tono desinteresado... burocracia y formalidades ante todo.
El gendarme fronterizo intenta tímidamente vomitar alguna palabra en inglés disimulando una sonrisa. Su sello ruidoso (‘PAAAM’), ajeno a nuestro intento fallido de comunicación, sentencia otra entrada, otra salida, y una esmerada recomendación.
‘Ak Jol’, pone el rectángulo rojo recién aparecido en mi pasaporte, pagina 45, elegida al azar, una hoja final, inicial, de manga versión bolsillo.
‘Ak Jol’, la precaución de una madre al cruzar el umbral de una casa, un paso de cebra, una ciudad o una nación. ‘Buen viaje’, me auguran los kazakos, aunque literalmente ‘Ak Jol’ se traduzca como ‘Carretera blanca’.
Que tengas un camino cándido y sin preocupaciones, me sellan autoritariamente. Y con ese un día, un mes y un año, souvenir desde una oficina aduanera.
El Kazajistán (para llenar una introducción que ya se ha perdido por las ramas) cuenta con una superficie casi seis veces el tamaño de España y una población menor que la de Beijing. Los kazakos, la principal etnia del vasto territorio, encuentran su origen etimológica en Kazakh (‘libre, independiente’), refiriéndose al propio y casi legendario espíritu nómada.
El invierno aprieta en Atyrau, principal centro logístico de gas y petroleo en la área cáspica. Esta mañana se ha levantado con una de las primeras nieves del invierno, ‘por fin’, exultan unos locales, preocupados por el inusual calor de la temporada.
Un pescador camina sobre la superficie helada del rio Ural, considerado desde algún lejano académico como el limite geográfico entre Europa y Asia. La noticia parece haber llegado hasta aquí: centro comerciales, restaurantes, esteticistas y rascacielos, todos tienen como nombre ‘Eurasia’, esa hija mestiza de dos continentes tan separados. Y no solo por un río.
En este momento del año el hielo permite caminar de un lado a otro de esa frontera imaginaria. Incluso, puedes abrirte un hueco en la superficie del río y tentar la suerte con los peces atrapados debajo de la capa de hielo.

‘Había muchos extranjeros hace diez-veinte años por aquí’, comenta una ex-trabajadora del sector petrolífero. Hoy en día, aunque la mayoría de los intereses en el sector sean estadounidenses y europeos, el Kazajistán ha reducido paulatinamente la contratación de expertos occidentales, confiando la dirección del trabajo a profesionales locales.
En Uralsk, segunda ciudad de la región, la situación es más relajada: menos trabajo pero el aire más respirable.
‘Americanski?’, me preguntan unos kazakos en pelotas adentro de una sauna publica (o banya), mientras unos desconocidos se fustigan violentamente con ramas de laurel. Es la hora del agua aromatizada al ajo, la habitación está a reventar (parece ser la hora punta en el metro, versión gordos nudistas) y consigo ganar un espacio al lado de la estufa incandescente, olor a leña, eucalipto y preguntas frecuentes.
Si alguien se cuestiona la posibilidad de vivir un inverno de -25 grados, la única respuesta es: banya.
Y, aunque afuera se te congele el moco en los pañuelos, aunque la batería de cualquier dispositivo electronica se vuelva piedra en pocos segundos, aunque a veces te resbales por el hielo y te caes con esa cebolla/airbag de ropas térmicas por el suelo, nunca cambiaría este invierno para el húmedo y reumático mediterráneo. Ahora entiendo porque muchas gente del Este Europa pasa su peor invierno en Barcelona, adentro de casas construidas para la esperanza de un clima temperado sin fin, encerrada en una especie de constante positivismo urbanístico-metereologico.
Sobre los pájaros que aletean detrás de la ventana sí que me pregunto: ‘¿Que mierda hacéis aún por estos lares, mediados de enero por la estepa kazaka?’. Probablemente quieren morir en un invierno conocido que arriesgar la vida en un verano desconocido.
Lo mismo se diría por unos blancos rusos que, para honrar el bautismo de Jesús Cristo, se abren un agujero en el río helado para sumergirse tres veces y salir como si nada. -20 y pico, el cuerpo mojado y una toallita para secar las manos como única amiga.

Las viejas, por otro lado, se apresuran a rellenar sus garrafas de 5 litros con el agua bendita que corre debajo de un hueco a forma de cruz ortodoxa, una peli distópica de terror cosaco.
Estos últimos, blancos mercenarios eslavos al servicio del imperio ruso, fundaron la ciudad en el 1584 y, aunque hoy en día representen una importante minoría étnica, el pasado zarista resuena todavía entre las paredes de Uralsk, ahora una de las zonas más rusófonas de todo el país.
‘Gracias a la guerra, Kazajistán se ha convertido en un país intermediario de bienes’, me comentan unas barrigas de cerveza en la banya. ‘Compra de Rusia gas, petróleo, etc. y lo revende al Occidente libre de sanciones’.
Cruzando la temida frontera rusa, no se perciben muchos cambios, menos tecnología aduanera (excepto las uñas largas rascando el pasaporte), más calor y muchas ofertas de trabajo. ‘Esto es curro para los jóvenes’, recita un póster adentro de un CAP, figurando un soldado mimético con un AK-algo y una mirada muy poco tranquilizadora.
‘He ido a trabajar al Donbass porque necesitaba dinero’, comenta Olga, una madre soltera que vive hacinada en un khrushchevka, típico edificio brutalista de los años ‘60. Afuera nieva fuerte. ‘Los ucranianos hicieron cosas horribles con la población rusa de ahí, violaron a nuestras mujeres y mataron a nuestros niños’.
Bueno, otra vez pan y nacionalismo... filosofía de futboleros y fanáticos religiosos, los buenos contra los malos.
Pero, al verla así, en este minúsculo apartamento soviet, con un hijo tímido y nerd que se asoma solo para jugar a ajedrez, no puedo quitarle la razón de su trabajo. También la mayoría de los soldados voluntarios tienen las mismas justificaciones: exclusión, hambre, falta de posibilidad.

No hay que sorprenderse que los más necesitados vayan a la guerra. Es la historia de siempre. Y, para más inri, el pelotón suicida se anda llenando de todas las minorías étnicas del imperio ruso.
‘Difícil encontrar a rusos europeos’, me comenta un general checheno, de estancia en Mariupol por medio año. ‘Somos todos chechenos, tártaros, kazakos, uzbekos, etc.’.
El dilema de la clase baja y repudiada. ¿Cómo ganar dinero fácil de otra manera y ser rehabilitado en una sociedad que los excluye?
‘Oye’, me pregunta el general, olor a desodorante, cochazo y testosterona. ‘Desde que he vuelto tengo ataques de ansiedad. ¿Qué puedo hacer para curarme?’, me pregunta, como si el hecho de tener un pasaporte europeo me catapulte directamente en el sillón aterciopelado de un psicoanalista.
‘No tomes café’, les comento avergonzado en lugar de callar, quizás la opción más adecuada para momentos tan pocos propensos a salidas humorísticas.
‘Sabes, aquí por el Cáucaso era muy común raptar a las mujeres para luego casarla’, me comenta su amigo, ex-guía turística chechena, sobreviviente de las dos guerras recientes que azotaron el país. ‘Al principio se solía hacer porque no tenían el permiso de los padres o simplemente porque no podían permitirse el coste de una boda. En los últimos años, desafortunadamente, se ha ido de madre y los jóvenes están empezando a raptar mujeres sin su consentimiento. Por esto, ahora se ha ilegalizado la practica’.
Desde el romance hasta la tragedia, quizás como cualquier sentimiento nacionalista, vendedor de sueños y origen de pesadillas.
Sigue nevando sobre el suelo acostumbrado al dulce enero. Desde el Kazajistán, hasta el Kirguistán, desde el Uzbekistán hasta el Cáucaso, sigue una única linea, una misma latitud de una misma humanidad.
La carretera blanca vigila a sus transeúntes, les pone a dormir tranquilos cuando todo lo que queda afuera lo arrasa la borrasca.


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