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Buenos días

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 23 dic 2023
  • 5 min de lectura


Una musiquita de carillón ilumina el aire tenso de la frontera china. La radiodifusión me acoge en el gigante asiático, tras miles de trabas burocráticas e insinuaciones de ser un espía occidental. Tras el desmadre de baches y polvo de Laos, cruzar esa linea imaginaria donde tienes que recibir un sello de aprobación nacional se hace más difícil de lo esperado.

El contraste es duro para llevar: en esa inmensa Chinatown el aire es respirable, la gente en forma, tranquila, hace deporte en los espacios abiertos, coches rulan en carreteras perfectas y funcionales. Abundan los vehículos eléctricos e incluso los coches combustionan bien y no dejan ese humo negro toxico como en el país vecino.

‘A ver si encuentras un bar español con comida china’, ironiza el Jimis, imaginando un universo paralelo de bazares made in Spain en Yunnan.

Desde un colegio resuenan unos cantos infantiles grabados, voces de niños de la época de Mao, ese coro en blanco y negro que pretendía pincelarse de rojo vivo. Voces que ahora probablemente no cantan más, silenciadas por el tiempo debajo de unos puñados de tierra.

La astronave hoy ha aterrizado sobre otro planeta, mucho silencio roto por esta melodía de peli distópica, esta sensación poscomunista que quizás tanto pos no es.

‘Seguro te equivocas’, me acusa Zhao, cuando le comento que el estado Chino no me permite ir a Tibet. ‘He visto a muchos occidentales por ahí’.

‘Ya, podría ir pero me obligan a contratar un guía, come en Corea del Norte’, le pico. ‘Más o menos 150 dólares al día’.

‘No, no puede ser’, sigue con su anteojeras en forma de traductor online, sin gastar ninguna palabra sobre la ocupación china. ‘Seguramente la embajada se ha equivocado’.

Ya, seguro, Zhao, tu sabes más.

‘En esta zona vive la etnia Dai, una de las tantas minorías que viven armoniosamente en China’, me comenta harmonioso.

‘¿Y hablan otro idioma?’, husmeo.

‘No, somos etnias diferentes pero todos hablamos chino. Aquí vivimos en paz, no como el resto el mundo. En China no hay conflicto por justificar con violencia las diferencias, ni lucha por independencias o autodeterminación’.

‘Aquí vivimos en paz’, repite tras un silencio incomodo, quizás más para autoconvencerse que para dibujar un prospecto de veracidad.



‘¡Que pena me hizo la minoría china en Laos!’, comenta una joven, supuestamente más abierta de mente, anglofona e occidentalizada. ‘Los hmong viven ahí como en China hace 20-30 años, sin posibilidades, sin infraestructuras, ¡què pena! Se pasan las horas sentados fuera de la casa esperando dios sabe que’.

Para el resto de la población laosiana le chupa un huevo al parecer, pero los chinos, ay pobrecitos, ellos no se lo merecen.

Esa inesperada aporofobia patriótica me ha confirmado una extraña relación entre el dualismo nosotros-ellos, tan típico de grandes corporaciones y nacionalismos autoritarios.

‘Nosotros antes importábamos pitaya de Taiwán. Ahora producimos aquí en Yunnan y exportamos a todo el mundo’, me comenta otro emprendedor con orgullo patrio (y con el traductor online). ‘En China lo vamos a hacer, hay muchos problemas pero lo vamos a solucionar’, propagandiza, dejando traspirar una ciega confianza en el Estado y en la gente que, al final, tendrían que ser la misma cosa.

¿Es tan descabellado pensar que tengan razón?

Que luego se desarrollen comerciando y colonizando es otra historia, pero ¿qué mal viene de pensarse como parte de una gran comunidad? (sobre todo si estamos hablando de un quinto de la población mundial)

‘Mao ha sido un idiota’, sentencia Fu, otro joven occidentalizado. ‘Y Jinping también está destrozando el país. No hay libertad de expresión y anhelamos ir más allá de la propaganda comunista. Toda una generación de universitarios y con alta educación utiliza el VPN para tener acceso a contenido occidental y ampliar así sus visiones y encontrar nuevas maneras de ser productivo, abierto e inteligente. Por eso el gobierno cierra un ojo, le viene bien tener ese capital humano adentro de sus fronteras’.

‘¿Y qué sale a la luz de la ocupación en Tibet y Xinjiang?’, pregunto al fin, seguro de haber topado con la persona justa para tantear temas sensibles.

‘¿Qué ocupación?’, me escupe. ‘En Tibet y Xinjiang son terroristas. No quieren aceptar que hacen parte de China. ¿Que sería de China si Tibet se indipendentice? En esa región nacen dos de nuestros ríos más sagrados… Y en Xinjiang, bueno, ya se sabe que los musulmanes se codean con ideales extremistas... Si China tuviera que recuperar todos los territorios perdidos durante los siglos, tendríamos que atacar India, Vietnam, Rusia, etc., sería un nunca acabar de conflictos’.



Paseamos helados por la rambla de Shangri-La, una ciudad turística de población y administración tibetana. Las callecitas del centro se semejan a lo ya visto: una trampa quitadinero sin alma, tiendas de ropa falsificada, cacofonía de bares vacíos y alquileres de ropa tradicional.

Ya, una prerrogativa cultural de los chinos, vayas donde vayas, es la manía étnica. Los han (la etnia dominante) suele entretenerse a fotografiarse con ropa falsamente tradicional, un guiño a las diferencias o quizás una manera efectiva de demonstrar paz y colonización.

En esos lados donde cada han es un turista o un colono (que al final al cabo es la misma cosa), fácil reconocer la diferencia con los locales, los otros, los provincianos, los negros. Los pobres.

La tez obscura de los campesinos autóctonos desentona con la blancura casi enferma de ciertas han, cubiertas de arriba abajo con simil-burkas, no tanto por creencia religiosa cuanto por temor desmesurado hacia la luz solar. Lo blanco es lo bueno, lo justo, lo deseable, el camino correcto. Pero ¿quién dijo que los chinos eran amarillos?

Alguien toca djembe fuera de tiempo siguiendo una simple base musical que se va de quicio. El improvisado interprete no consigue encajar en el ritmo, pero se prodiga en repetidas acrobacias coreográficas muy fuera de lugar, que consiguen atraer inesperadamente clientes despistados.

Viejas campesinas cobran para una foto en frente a un sinfín de hoteles y tiendas de joyería alumbradas por neón y cámaras.

‘Puedes dejar la mochila en el coche, tranqui’, me comenta el Zhao, ‘acá en China nadie te va a robar’. Otra vez el orgullo de lo bien hecho, la falta de inseguridad, la sociedad perfecta.

Miles de cámaras rodean cada movimiento, cada cara, cada infracción, cada sonrisa. Miles de cámaras quitan y dan, otorgan y castigan. Pero ¿cuánto hay que vender de la propria libertad para estar seguros? Y sobre todo, ¿merece la pena?

Por unos instantes vuelvo con el romanticismo (y no con la vivencia cotidiana) a gozar de las calles de Latino América, de lo imprevisible, de lo casual, de lo humano, de lo incontrolable. Lejos de este caminar encasquetado, cuadrado y previsible, lejos de este arrastre sumiso al miedo constante y respetuoso hacia el dios de las cámaras, ese nuevo ídolo en potencia, omnipresente y omnisciente.

‘Te controlan para tu bien’, dicen unos jóvenes, compartiendo la retorica de estas tierras, un control expandido disimuladamente a todos los ámbitos sociales: familia, trabajo, amistades. Y el Estado ahí arriba, como una piedra angular del sentido ultimo, una ontología salvífica de la razón de ser, un recuerdo lejano del siglo XX y de todos los errores grabados en la historia.

‘Buenos días’, le digo al Zhao, cuando se despierta de una tremenda siesta en los asientos traseros de su coche.

‘Buenos días’, le repito en chino, intentando afinar mi pronunciación.

A la segunda me entiende y se echa a reír.

Con eso ya me conformo: he hecho reír a un chino.

 
 
 

1 comentario


Invitado
30 dic 2023

Mi ricordano i greci che vorrebbero riprendersi Costantinopoli :D

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