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Aves desesperadas

  • Foto del escritor: Kapok
    Kapok
  • 15 dic 2023
  • 3 min de lectura


Una medida para darme cuenta si quedarme o no en un lugar para pasar la noche es contar los tíos occidentales que andan sin camiseta por la calle. En ese pueblo ya conté tres.

Esos guiris ‘I love Barcelona’ andan perdidos con su paso triunfantes entre las montañas del tropico, sin sentimiento de vergüenza ni respeto. Yo, por contra, todo cubierto, un musulmán solofobico que comparte las dudas de Lou Reed: Who loves the sun?

Lo que más me molesta de la clase media europea (entendiendo Europa a lo largo de sus desmadres coloniales) es la presunción de conquista de estos nuevos territorios bajo el constante calorcito de los buddhas. Cuando aprieta el frío continental, hordas de blanquitos migran como aves desesperadas hacia los aeropuertos del sur este asiático, esa fábula de sempiterno verano donde también el más lumpen puede sobrevivir con dos duros al día.

‘Todo es muy barato aquí’, se puede escuchar continuamente por las calles, un presunción de clase aclamada en un tono hinchado de orgullo, como si la desigualdad se tratase de un logro personal.

Orgullo de que, me gustaría saber.

Recuerdo ese lamentable australiano en Serbia que no paraba de manifestar su asombro por los precios demasiados bajos, una acusación poco indirecta hacia la ridiculez económica y social del pueblo serbio, como si se tratase de una culpa colectiva para expiar. ‘Su vida es ínfima, inferior, de poco valor’, parece comunicar con sus palabras de colono.

‘Ustedes son baratos’ es la alusión general respecto al Laos, primer país de la región donde madres y niños piden directamente en la calle sin vergüenza, a la manera gitana de las calles europeas.



A decir la verdad, aquí no veo muchas diferencias con la falta de oportunidad existente en Cambodia o Indonesia, países que comparten un mismo pasado borrascoso de guerras y violencia, pero donde la pobreza se reviste de una dignidad personal ausente bajo el cielo comunista del Laos. Allí no había manera de divisar mendigos por la calle, pero aquí... ¿por què piden limosna? ¿Han visto las diferencias y no aceptan la propria suerte? O quizás porque conocen la injusticia y tienen fe que el dinero lo arreglará todo.

‘Quiero abrir un bar de cocktail y me gustaría tener la opinión de un extranjero para darle un toque más occidental y armarlo según vuestro gusto’, me traduce con Google un joven policía que me recoge en la carretera.

Lenin nos mira desde las plazas, el haz y martillo ondean descoloridos, sin mucha intención de flamear vivamente. Otra replica barata, otro simulacro de Starbucks, otra nación puta que quiere convertirse en la enésima Tailandia, un centro comercial al aire libre, una bella sin alma.



‘Vine aquí hace diez años y estaba todo por hacer en Vang Vieng’, comenta un gringo en scooter, único occidental residente que me aleja de ese pueblo asquerosamente turístico. ‘He abierto una discoteca y varios hostales. El comercio ha explotado recientemente y atrae masas de turistas todos los años’.

Entre los ‘60 y los ‘70, el ejercito estadounidense llevó a cabo más de 500.000 bombardeos en el territorio laosiano, para un total de dos millones de toneladas de explosivo (una cantidad mayor respecto a todo el explosivo empleado durante la Segunda Guerra Mundial). Además, los efectos del napalm y de los pesticidas echados desde los aviones militares han provocado la completa infertilidad de enteras regiones cultivables y han sido responsables de muchas enfermedades degenerativas y relativas discapacidades físicas.

Hoy en día, una gran masa de anglófonos viene aquí por el trópico, algo perdidos, buscando una salida, una redención en la vida nocturna. En las capitales (y no solo) han sido responsables de una subida espectacular en los precios de la vivienda, confirmando la teoría que siempre parece ser su culpa, antes del hambre y luego del hambre.



Unas jóvenes hmong caminan por la montaña sujetando con la frente un bolso de yute que le cae atrás como una mochila, la cabeza aguantando todo el peso.

En esas carreteras llenas de baches y polvos, alejadas de los turistas, y sumisas en la cotidianidad rural más autentica (y quizás más aberrante), nadie se pone mis problemas. Me ofrecen un puñado de arroz (con hormigas) y acercan un taburete para que pueda esperar más cómodamente el próximo coche que me sacará de esta preciosa aldea encajonada entre altas y exuberantes montañas.


 
 
 

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