87 banderas
- Kapok

- 17 nov 2023
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Quien te recoge en medio de la carretera, quien te hospeda por unas noches, quien te ofrece un rico desayuno, quien te para por la calle ‘de donde eres donde vas estás casado’, toda esa gente quiere viajar un poco contigo.
Todos los que te ponen la cucharilla en el té de sobre, aunque hayas expresamente clarificado ‘sin azúcar’.
Todos los que se hacen selfies contigo, desde el campesino hasta el emprendedor, de la abuela hasta el policía.
Todas las que sacan una silla y te obligan a sentarte, encendiendo el ventilador en frente de tu cara.
Todos los que, en la noche tropical, te asilan de preguntas sobre el mundo en frente de un mapa digital: ‘Y ¿dónde queda Afganistán?’, te dicen, con la mirada de quien quisiera ver más lejos de la sombra de su choza.
Toda esa gente quiere viajar un poco contigo, descubrir lo diferente, lo exótico, lo otro, ese fantasma que despierta los ánimos y los infunde de curiosidad, de esperanza.
Mao es otro de los miles de ‘profesores de inglés’ del Sur Global, la enésima escuela rural que quiere abrir posibilidades a la humilde juventud de la aldea.
‘Me encantaría poder recibir dinero de las oenegés o de algún fundraising, así podría facilitarles una educación gratuita’, me comenta, con la ilusión de encontrar algún día un australiano con muchos ceros (como le pasó al colega ese de Stung Treng).
‘Y ¿dónde queda España?’, pregunta otra vez a la noche tropical.
Mao sabe de ser pobre y lo remarca continuamente, como un mea culpa de la mala suerte. En su casa/escuela/ultramarinos/peluquería vive al día, 5000 riel (euro y pico) para un corte de pelo y chucherías colgadas con el precio escrito a mano. Todo articulo plastificado a conciencia.
‘Han nacido cuatro cachorros por la noche, otros estómagos para llenar’, recita, tras enumerar los gastos de la comida de los otros animales semidomesticos, gallinas y patos. La mujer, embarazada de 7 meses, hiberna en el sofá, gestionando a gritos la caja del ultramarinos, manojo de billetes pegado en las manos y oculto en las axilas.

Una pareja de jóvenes brasileros bolsonaristas se han quedado a pasar la noche, enumerando orgullosos la lista de países que han visitado. Esos cuenta sellos suelen despertar la envidia de muchos, Mao incluso, y el desprecio de otros, que ven en su acumulación serial un nuevo intento neoliberal de pura ambición identitaria, una modesta cuantificación del detalle cifrado: 87 banderas marcadas en el pasaporte.
Al irse, obsequian a la futura madre con un fajo de riel, ‘para el bebé’, dicen, ‘por pena’, pienso yo. ¿Esos 10, 20, 50 dólares serán realmente una ayuda o lo único que consiguen es alimentar más la división entre nosotros y ellos? ¿Entre los que dan y los que reciben? ¿Entre niñatas viajeros y padres tercermundistas?
Que queréis que os diga, me da vergüenza darles dinero. Me parece confirmar sus sospechas de inferioridad, ahondar ahí donde duele, esa falta de oportunidad, una contingencia equivocada, la realidad en una choza precaria en medio del trópico.
‘¿Cuánto vale un ordenador?’, averigua su suerte. ‘¿Qué puedo pillar con 100 dólares?’
Al atardecer me doy una vuelta por la aldea, tierra roja sangre. Desde lo alto, después de un fuerte chaparrón tropical, la humareda toxica de plástico mojado se funde con el hedor de carcasas y restos orgánicos variados.
En medio de la noche me levanto tosiendo, envenenado por la fogata de plástico nocturna, rollo San Juan pos-apocalíptico. Nadie parece molestarse con la muerte en el aire, ni el padre, ni la madre, ni la hija. Solo el tonto baja en silencio para echar agua y tierra sobre un final digno de un Kurt Cobain camboyano.

‘El realismo mágico de Asia’, titula la Laura en uno de sus larguísimos mensajes de audio. ‘¿Dónde queda el realismo mágico?’, se pregunta. Me pregunta.
Una niña con una cabra entre los brazos se apresura por un puente de madera, escapa de un juego, grita como una loca. Los alborotos asustan al animal que, a su vez, se junta a los griteríos de jubilo. El sendero de tierra que se deja atrás desaparece de la vista, una nube de polvo. A lo lejos música a alto volumen, esas cumbias chinas evangélicas tan típicas de estas latitudes, de este a oeste, el mismo sonido, la misma birra barata.
La realidad hecha de canicas y entrega a domicilio de bloques de hielos, buddhas consumados de tanto rezar, de tanta lluvia. La religión ahora un refugio de aves y hormigas, siempre con la esperanza de guardar algo para un invierno que nunca llega.
Adiós adiós, como quien no quiere la cosa, quien lo ha visto ya mil veces y mil veces se decepciona. Mao no manifiesta ningún sentimentalismo, solo otro adiós a otro viajero que no ha sido de gran ayuda y que seguirá dando vuelta al mundo mientras él seguirá anclado aquí, con su dólar el kilo para la comida de las gallinas y la ilusión poco realizable de ir a Australia para trabajar en negro y mantener la familia desde lejos.
Adiós adiós, para matar el tiempo y engañar el hambre, las ganas de conocer. Adiós, adiós, a la espera del siguiente vagabundo que le haga recorrer otra vez los mapas del mundo. Que le haga viajar un poquito más.


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